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RESEÑA: Antígona, Barbican ✭✭✭✭

Publicado en

Por

stephencollins

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Antígona. Foto: Jan Verweyveld Antígona

Barbican

12 de marzo de 2015

4 estrellas

En el número de apertura de A Funny Thing Happened On The Way To The Forum, Pseudolous señala con picardía al actor que interpreta a Domina y dice, con sorna: «Esta semana hace de Medea». Cuando, en The Producers, Roger de Bris y Carmen Ghia le explican a Max y Leo que la clave del éxito teatral es sencilla, uno de los ejemplos que citan es: «Edipo no se hundirá si acaba con mamá». Las referencias al drama griego, ya sea cómico o trágico, abundan en el teatro contemporáneo.

Londres parece estar ahora mismo bajo el influjo de una especie de resurgir de las grandes obras griegas, con la Orestíada programada en el Globe este verano y el Almeida anunciando una trilogía de obras de la Antigua Grecia —incluida otra versión de la Orestíada— como parte de su próxima temporada. Kristin Scott Thomas acaba de cerrar una exitosa temporada en The Old Vic con Electra. El National levantó una producción épica de Medea hace no tanto como para que fuera ninguneada en las nominaciones a los Olivier de este año. Y, actualmente en el Barbican, la Antígona de Sófocles dirigida por Ivo van Hove (ortografía griega, no latina, para quien se interese por esas cosas) se representa con el aforo completo noche tras noche.

¿Qué busca el público actual en una tragedia griega? Es difícil saber si esa es la pregunta que más ocupa a van Hove, pero la producción que presenta con tanta destreza sí parece ofrecer una respuesta: algo fresco y pertinente, que conecte con el público de hoy; si no exactamente del mismo modo que lo haría con el público original de Sófocles (hacia el 441 a. C.), sí de una forma parecida: personal e incómoda.

Si tu idea de la tragedia griega es que debe ser interminable, histriónica, lírica, grandiosa y perturbadora hasta lo indecible, entonces esta Antígona no es para ti. Pero si estás abierto a la posibilidad de que la tragedia griega pueda tocar los miedos y las inquietudes de cualquier generación, esta es una producción irresistible: absorbente y perturbadora.

No todo el mundo hoy en día conoce el trasfondo histórico de Antígona. Por suerte, el programa incluye dos excelentes ensayos que aportan ese contexto a cualquier espectador que quiera llegar bien informado cuando arranca la propuesta de van Hove. En uno de ellos, el propio van Hove dice: «Antígona evoluciona de una obra sobre una guerra brutal a una obra sobre la política y las políticas públicas, y termina como una obra sobre la indefensión de los seres humanos, perdidos en el cosmos. Es una obra sobre la supervivencia: no la supervivencia de un individuo o una familia, sino de toda una sociedad, quizá incluso del mundo. La obra es ambivalente y oscura, moderna y mítica, y te deja con más preguntas que respuestas».

Como clave para descifrar la producción de van Hove, esa afirmación es el armazón maestro: te dice casi todo lo que necesitas para entender el enfoque, las decisiones tomadas y la forma de presentarlo.

Trabajando con su colaborador habitual, Jan Versweyveld, van Hove presenta al público un diseño de algún lugar/algún momento, ahora/entonces, enorme, vacío y en constante transformación. Hay una calma hospitalaria en el espacio; una sensación de quietud, de instante suspendido y ominoso. En el mismo borde del escenario hay una franja larga y estrecha que podría pertenecer a las oficinas exclusivas de cualquier gran empresa o gobierno contemporáneo; se respira poder y dinero: un lugar donde se toman decisiones con consecuencias.

Un nivel más arriba y al fondo, una plataforma alargada se extiende a lo ancho del escenario, blanca y vacía, esperando algo. Un enorme panel blanco sirve de fondo; en él hay dos formas geométricas: un rectángulo y un círculo. El rectángulo se abre para convertirse en puerta, acceso a otro lugar. El círculo cumple una función más compleja: cuando el conflicto entre Kreon y Antígona se pone realmente en marcha, la pieza circular del panel se desplaza y comienza a girar en el sentido de las agujas del reloj, dejando un hueco por el que distintas clases de luz pueden inundar o filtrarse, según el ánimo del momento.

En distintos puntos, se proyectan sobre el fondo imágenes de vídeo (ideadas por TalYarden): las llanuras beocias, desérticas; el pueblo de Tebas, invisible pero omnipresente, observando y escuchando el pulso de poder, quizá dispuesto a tomar las riendas por su cuenta; el interior de la roca donde Antígona y Haimon encuentran su destino. Estas imágenes inquietan y, a la vez, aportan sensación de amplitud y escala. Combinadas con la luz y los colores que inundan el escenario o se abren paso a través del círculo vacío, la imaginería visual desorienta y sobrecoge: de forma increíblemente eficaz.

Todo en la dirección es metódico y generador de tensión. La imagen inicial es de desolación, el después del conflicto. Una llanura estéril, caliente y vacía. El viento aúlla. Restos y desechos, arrojados sin rumbo por el aliento ardiente del mundo, pasan flotando. Luego, Antígona. Cruzando la llanura beocia para encontrarse con su hermana, con la bufanda ondeando tras ella: un instante de domesticidad. Y entonces las ruedas de la tragedia empiezan a triturar. Como espectador, la sensación es como caminar sobre terreno firme y, de pronto, dar un mal paso y caer en arenas movedizas: el descenso al horror es lento, implacable y extrañamente hipnótico. Una fascinante meditación sobre la desesperación.

El núcleo de la obra trata del deber, en lo personal y en lo público. Antígona quiere enterrar a su hermano muerto aunque este empuñó las armas contra Tebas porque no quería compartir el gobierno con su otro hermano. Con ambos hermanos y su padre muertos, la corona pasa al tío de Antígona, Kreon, que no está preparado para gobernar pero llega con una idea clara: el bien del Estado es más importante que los deseos de un individuo. Kreon ordena que a los cuerpos de los enemigos de Tebas no se les concedan los ritos funerarios tradicionales y respetuosos; quiere, en cambio, que los cadáveres se pudran bajo el sol implacable y alimenten a los depredadores. Antígona quiere que a su hermano se le rindan los ritos apropiados. Quedan trazadas las líneas de choque. El reloj empieza a correr. De forma inexorable.

La traducción sobria de Anne Carson del texto de Sófocles es muy eficaz; evocadora y poética. La prosa concisa encaja con el estilo de la producción y no hay barrera entre el lenguaje y la comprensión. Algunos pasajes suenan ásperos, pero eso funciona a la perfección. Clara y absorbente, la adaptación de Carson es enormemente accesible.

Daniel Frietag utiliza el sonido con gran eficacia: para desestabilizar, sacudir, crear, mantener y liberar tensión, y para reforzar el avance inexorable y lento del horror. La escena en la que Antígona lava el cuerpo de su hermano muerto y lo consagra antes del entierro estuvo acompañada de un sonido y una música extraordinariamente inquietantes. Es un momento asombroso, de impacto real.

Aunque los materiales de prensa se centran en la presencia de Juliette Binoche en el reparto, lo cierto es que no es más que una pieza de un conjunto muy talentoso que trabaja de manera extraordinaria para dar vida a la visión de van Hove. Como en su deslumbrante A View From The Bridge, van Hove utiliza al elenco de formas diversas e ingeniosas, sacando lo mejor de todos como conjunto y permitiendo que cada intérprete brille en sus momentos clave.

A Binoche no le cuesta transmitir la pasión con la que Antígona busca que su hermano reciba los derechos tradicionales. La fragilidad y la sinceridad forman parte, sin esfuerzo, de una caracterización intensamente sentida (y comunicada). Se apropia del texto: la «ira ensimismada» le estalla como metralla, a ráfagas, sin control, quebrando el silencio. Hay un propósito claro en sus arrebatos feroces: en esos instantes, encarna la desobediencia civil en su dimensión más íntima.

En el otro extremo, el Kreon de Patrick O'Kane encarna la supremacía del Estado; cree que las necesidades del bien común deben prevalecer sobre las necesidades o preocupaciones individuales. Imperioso, sonriente, quieto, tomando decisiones pero sin escuchar, O'Kane es la quintaesencia del político moderno ideal. Ofrece una interpretación contenida de autoridad mal calibrada: el Ying perfecto para el Yang de Binoche.

No hay un eslabón débil en el reparto de ocho. Obi Abili encuentra un humor sorprendente en sus intercambios como el guardia cuyo mensaje podría costarle la vida; Kirsty Bushell nunca ha estado mejor que aquí como la impasible hermana de Antígona, Ismene, donde cada palabra, pausa y mirada están cuidadosamente —magníficamente— medidas; Finbar Lynch impresiona especialmente como el adivino ciego Tiresias, que ve con claridad lo que Kreon es incapaz de contemplar, y hace un uso excepcional de sus tonos estentóreos; y Kathryn Pogson es pura sorpresa desolada, con los ojos muy abiertos, como Eurídice. Cada cual contribuye con solvencia a las tareas compartidas del Coro, con Lynch y Pogson especialmente destacables. Toby Gordon no pronuncia una palabra, pero su contribución, aun así, es significativa.

Para mí, sin embargo, la interpretación que se situó ligeramente por delante del resto fue la de Samuel Edward-Cook como Haimon, hijo de Kreon y prometido de Antígona. Por su situación, por sus lealtades, Haimon debe ver ambos lados del debate central e intenta con todas sus fuerzas reconciliar a las partes. Fracasa, y las consecuencias son devastadoras para todos. La pasión que Edward-Cook teje en su trabajo es notable; desde sus abrazos de niño con su padre hasta su beso desesperado con Antígona, despliega un abanico extraordinario de emociones, motivaciones y flaquezas. Su discurso a su padre sobre el compromiso es el momento culminante de la noche.

Una lectura vibrante y completamente absorbente de un clásico del repertorio de la Antigua Grecia. El reparto brilla bajo la visión centrada y firme de van Hove, y todos los aspectos de la producción se combinan para un resultado triunfal. Te dejará dándole vueltas a la relación entre el poder y el individuo, el Estado y la tradición. Y pensando en lo premonitorio que fue Sófocles sobre el estado actual de la política, tantos siglos después.

Antígona se presenta en el Barbican hasta el 28 de marzo de 2015

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