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RESEÑA: Zomboid, New Wimbledon Studio Theatre ✭✭✭✭✭
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Por
julianeaves
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Julian Eaves reseña Zomboid de Richard Foreman, la entrega final de Foreman at Fifty en el New Wimbledon Theatre.
Zomboid
New Wimbledon Studio,
3 de diciembre de 2019
5 estrellas
Esta es la entrega final de Foreman at Fifty, una serie de producciones que celebran las asombrosas creaciones dramáticas del vanguardista creador teatral estadounidense Richard Foreman, del que hasta la fecha el ya escritor-director-productor de 82 años ha producido... cincuenta. Si alguien es un experto en sus obras curiosamente desafiantes y, a la vez, extrañamente bellas, ese es Patrick Kennedy, un director ocasional que, con su propia compañía de "Teatro Fenomenológico", se ha mojado para defender una ristra de piezas escénicas a menudo extravagantes y con frecuencia desconcertantes. En ello, se ha beneficiado de la enormemente productiva relación que mantiene con el New Wimbledon Theatre Studio, donde ya ha presentado varias otras obras clave del autor. El arte de Foreman no se parece al de nadie, y ponerlo en pie —especialmente con la aplomada solvencia que demuestra Kennedy— no es un logro menor. Kennedy es una presencia llamativa y memorable en la escena teatral del Reino Unido, aún más notable por su capacidad para atraer a sus proyectos nuevo talento dispuesto a embarcarse en cada montaje y asumir todas las dificultades que plantea.
En este caso, cinco toreros de lentejuelas se mueven a través de tableaux meticulosamente compuestos, mientras también vemos fragmentos de película creados especialmente para la ocasión por el propio Kennedy, que además diseña, ilumina, coreografía y —por supuesto— produce. En producciones anteriores también ha aportado voces en off: de hecho, no solo es quizá lo más parecido que tenemos ahora mismo en el teatro británico a un auténtico autor teatral vivo y en activo, sino también un formidable polímata. Mientras tanto, una banda sonora (también obra de Kennedy) atruena sin descanso e incluye de todo: desde el discurso de un político húngaro mezclado con Bartók hasta —creo— parte de la crítica musical de Theodor Adorno (o alguien parecido), disertando sobre otro iconoclasta artístico, Beethoven. El rigor intelectual y la elegancia estética con los que todo esto está rematado son impecables, más asombrosos aún si tenemos en cuenta que la compañía no está precisamente sobrada de financiación. Pero la sensación espartana, de "loft neoyorquino", del montaje encaja por completo con el lugar de su génesis: el Ontological-Hysteric Theatre de Foreman, fundado con la misión "de despojar el teatro de todo salvo del impulso singular y esencial de poner en escena la tensión estática de las relaciones interpersonales en el espacio".
Y lo que tenemos aquí es un ejemplo clarísimo de cómo lograrlo. Hay mucha tensión contenida en instantes congelados ejecutados por los intérpretes enjoyados: Davey Green; Tommy Papaioannou; George Seymour; Georgia Small; Nikitas Stamoulis. Extrañamente repetitivos y, sin embargo, nunca del todo monótonos en sus movimientos, sus configuraciones no dejan de insinuar algún "significado" esquivo en este extraño mundo de no-acontecimientos y consecuencias inexplicables, y aun así nada se nos oculta —aparentemente—: todo está sencillamente "ahí" para que lo veamos y lo asimilemos. Pero, como un "happening", esto no es teatro servido con un relato sencillo que lo cohesione: es una experiencia despojada de contexto y coherencia. Puede enfurecer a algunos, pero a lo largo de la poco más de una hora que dura el espectáculo ejerce, a mi parecer, un encanto curiosamente agradable.
Y, sin embargo, hasta donde alcanzo a ver, Foreman, por mucho que Kennedy lo reivindique, es ignorado por el establishment teatral británico. Casi nunca se le ve en nuestros escenarios y es poco conocido. No obstante, sin dejarse amilanar por esta marginación, cuenta con un pequeño público de nicho, extremadamente fiel y devoto y —lo más importante— con una sólida ética que sustenta toda su actividad (detallada en el programa de mano); así que este notable artista teatral sigue adelante, con un fervor y una energía que no se apagan por la falta de reconocimiento popular o recompensa artística. Después de haber visto ya media docena de sus obras, he recibido una lección de lo que es el teatro y de lo que puede lograr como pocas. Muy poca gente en el país, que yo sepa, está haciendo un trabajo tan radical o revolucionario como este. ¿Es un eco de los sesenta? Posiblemente, pero Foreman alcanzó la madurez al alba de esa década mágica y fue una de las personas que la definieron. Así que vuelvo a celebrar otra producción directa y segura de esta singular compañía liderada por artistas.
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