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RESEÑA: La Coronación de Poppea, Grimeborn en el Teatro Arcola ✭✭✭✭✭

Publicado en

Por

timhochstrasser

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Tim Hochstrasser reseña L’Incoronazione di Poppea / La coronación de Poppea, presentada como parte del Grimeborn Festival de este año en el Arcola Theatre

La coronación de Poppea

Claudio Monteverdi

Grimeborn Festival

Arcola Theatre

5 estrellas

La primera ópera que inaugura el Grimeborn Festival de este año es también una de las primeras que se escribieron, o al menos de las primeras que han sobrevivido en una forma recuperable. La ópera más antigua de Monteverdi que se conserva, ‘Orfeo’, data de 1607, cuando trabajaba en la corte de Mantua; esta obra, en cambio, es la culminación de su compromiso con Venecia, una ciudad cuyo mito fundacional es clave para comprender el contexto de la pieza.

A menudo considerada una obra que invierte las polaridades morales habituales al ensalzar el vicio y mostrar la derrota de la virtud, esta ópera forma en realidad parte de un plan más amplio: la última entrega de tres óperas que exploran las fortunas políticas en el mundo grecorromano, del que Venecia es la sucesora natural. El elevado nivel de debate del libreto, conciso y sofisticado, ofrece una lucidez sobre la política y su choque con la moral personal que rara vez se encuentra en la historia de la ópera hasta el Don Carlos de Verdi.

La ópera se abre con un prólogo en el que se plantea un duelo entre las diosas de la Virtud, la Fortuna y el Amor, del que el Amor saldrá, claramente, vencedor. La trama principal, basada muy libremente en hechos históricos, gira en torno al intento del emperador Nerón de encumbrar a su amante Poppea para reemplazar a su esposa, Ottavia. Se oponen su antiguo tutor, Séneca, y la propia Ottavia, que convence al antiguo amante de Poppea, Otón, para que intente asesinarla. Todos estos esfuerzos fracasan y, al final, los dos amantes se unen en un dúo de belleza conmovedora, ‘Pur ti miro’, para celebrar su unión.

O quizá no…

Porque uno de los grandes aciertos de esta producción sutil y reflexiva es que no da nada por sentado y explora múltiples capas de ambigüedad en la obra. No solo hay un giro al final, sino que este se anuncia mediante muchas sugerencias en momentos anteriores de que todas las lealtades e identidades —políticas, personales o sexuales— son provisionales y están abiertas al cambio. Con razón, la ausencia total de certezas es la lección más inquietante de todas, por encima y más allá de cualquier desafío a las convenciones morales.

Un enorme mérito corresponde a Marcio da Silva, que aporta la visión unificadora de la velada en sus múltiples funciones como director de escena, de iluminación y musical (además de tocar una variedad de instrumentos en la orquesta). El espacio que ha ideado es de una sencillez elegantísima, como la escenografía de una obra de Racine: una cama con una colcha, una silla y un par de biombos a los lados, que se van manchando progresivamente con pinceladas de pintura roja a medida que aumenta el número de cadáveres.

La música abarca una cornucopia de estilos y estados de ánimo: el Ensemble OrQuesta está más que a la altura del reto. La banda, de ocho integrantes, superó algunos breves problemas de afinación para ofrecer una lectura del partitura nítidamente articulada, llena de texturas instrumentales vivas y distintivas, y siempre dispuesta a tomar la iniciativa a partir de los cantantes en los interludios y posludios a menudo elaborados. El canto fue de un carácter uniforme y se vio acompañado por una interpretación actoral admirablemente creíble, que aprovechó al máximo los distintos niveles del espacio principal de representación del Arcola.

En los papeles principales, Helen May (Poppea) y Julia Portela Piñón (Nerón) combinaron con habilidad una seductora implacabilidad y una bravura vocal deslumbrante. Les complementaron muy bien los tonos graves, medidos y reflexivos de Gheorghe Palcu como Séneca y Hazel Neighbour como la desatendida Octavia. Eric Schlossberg transmitió el dilema de Otón con una intensidad neurótica.

Poppy Shotts dio cuerpo al papel secundario de Drusilla con un timbre rico y una actuación de devoción conmovedora, aunque no correspondida. Rachel Allen ofreció una serie de cameos deslumbrantes, y Anna-Luise Wagner sobrevoló voluptuosamente la acción como la diosa del Amor. Mención especial merece Kieran Wagner, que interpretó con aplomo una variedad de papeles de tenor contrastados, en especial el de Lucano. Su extraordinaria aria con Nerón condensó lo mejor de la velada: llevar con audacia hacia una interpretación moderna, gráfica, algo que ya está latente en la música.

Puede parecer extraño terminar mencionando las notas del programa, pero en una época en la que ya es suerte recibir siquiera un código QR a modo de guía, el folleto excepcional ofrece todo lo que uno podría necesitar después: tanto para contextualizar la ópera como para explicar los principios y supuestos que sustentan la representación.

Esta producción ejemplar merece salir de gira para demostrar lo que puede hacerse con este repertorio, poniendo de relieve tanto su grandeza histórica como su contundente vigencia en nuestros días.

SITIO WEB DE GRIMEBORN

 

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