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NOTICIAS

RESEÑA: Incognito, Bush Theatre ✭✭✭

Publicado en

Por

stephencollins

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Incógnito en el Bush Theatre Incógnito

Bush Theatre

16 de junio de 2014

3 estrellas

No todos los dramaturgos pueden escribir una obra maestra revolucionaria y capaz de entusiasmar al público cada vez que lo intentan. Incluso Shakespeare escribió piezas que, con justicia, podrían calificarse de mediocres. La mayoría de los dramaturgos contemporáneos no reúnen un repertorio tan extenso como el de Shakespeare ni escriben bien de forma constante. Muchos escriben buenas obras; menos, obras maestras. No hay nada especialmente perspicaz en todo esto; es un tópico obvio.

Y, aun así, al ver Incógnito de Nick Payne, que ahora se estrena en el Bush Theatre, es difícil no quedarse sorprendido ante la constatación de que Payne no es el genio infalible, irrepetible, que su asombrosa Constellations sugería que podría ser.

No. Payne es sencillamente endiabladamente bueno y, lo mejor de todo, prolífico. No le da miedo escribir y probar estilos y enfoques distintos.

Incógnito no le llega a la suela de los zapatos a Constellations y, de hecho, resulta en cierto modo derivativa de aquella obra superior: hay muchas escenas breves; multiplicidad de personajes; diálogos que se repiten; temas científicos que subyacen a los temas narrativos; y un estilo y una forma que buscan emular o ejemplificar la teoría o teorías científicas que se están examinando.

Pero, pese a todas las similitudes, también hay diferencias enormes. Incógnito trata sobre muchos personajes distintos y la historia laxa que los conecta; Constellations trataba de un multiverso que existe como resultado de las posibles elecciones. Incógnito explora las consecuencias del conocimiento; Constellations, las consecuencias del azar y la decisión. Incógnito se centra en la fluidez del conocimiento y la comprensión, y en la perspectiva que de ello se obtiene; Constellations examina infinitos continuos que coexisten.

La preocupación central de la obra gira en torno al cerebro de Albert Einstein. Qué ocurre con ese cerebro y por qué constituye la fibra dramática de la pieza, ya que, con el tiempo, cada personaje que conocemos se ve afectado o moldeado por esos acontecimientos. Del mismo modo que la obra de Einstein cambió la comprensión del Universo, el destino de su cerebro cambia de forma irrevocable la vida de una docena larga de personas.

Bajo la dirección de Joe Murphy, la interpretación también hace eco de la ciencia. Al principio, las escenas se representan de manera nítida, cada una separada de la siguiente por cambios de luz y efectos de sonido. Pero, a medida que avanza la historia, las transiciones se vuelven menos claras hasta que, finalmente, las nuevas escenas comienzan antes de que la anterior haya terminado del todo, antes de que se haya disipado la esencia de la escena previa. El público ve por sí mismo que el tiempo es relativo.

El concepto del agujero de gusano se explora con menos acierto, aunque la constatación de que algunos personajes toman atajos para atravesar la vida (deliberadamente o no) y no llegan a beneficiarse de las vistas y experiencias de los viajes más largos está cuidadosamente construida y sostenida con minuciosidad en la narrativa.

Con menos acierto, se mantiene a los actores en el incógnito. Quizá a alguien, en algún lugar, le pareció una idea inspirada, pero cuando cuatro actores interpretan una multitud de papeles resulta útil que el público pueda identificar quién es quién. Nombrarlos no basta. Como demuestra la obra, una persona es más que un nombre.

Así que, aunque uno sabe que la obra contó con Paul Hickey, Amelia Lowdell, Alison O'Donnell y Sargon Yelda, no sabe quién interpretó a la neuróloga clínica bisexual Martha, con un efecto tembloroso, o qué actor gritó demasiado en varios papeles de hombres estruendosos pero logró la dificilísima proeza de interpretar al hombre atrapado en un bucle perpetuo (algo así como Dory en Buscando a Nemo: se desconecta constantemente y vuelve con una expresión en blanco, con los recuerdos negados), qué actriz tenía el curioso acento australiano y el buen acento escocés, o quién interpretó al hombre obsesionado con el cerebro de Einstein. Siguen, frustrantemente, en el incógnito.

Hay una escenografía impresionante de Oliver Townsend y, aunque sin duda transmite algún significado, a mí se me escapó cuál. Un hermoso suelo de madera hecho con vigas pulidas entrelazadas, una estructura metálica que rodea una cavidad que casi podría tener forma de cerebro —quizá la tenga— y dos pianos verticales, que el hombre-Dory toca en ocasiones. Es espectacular. Pero ¿ayuda a entender la obra? Ni lo más mínimo.

Hay mucho que gustar en esta producción. La escritura de Payne es intrigante y el ritmo nunca decae de verdad. Es una buena obra, solo que no una brillante.

Y tanto en concepción como en ejecución depende en exceso de trucos.

La gran habilidad de Payne está en un diálogo bellamente construido que ilumina el personaje. Pero también puede contar historias fabulosas (Blurred Lines, If There Is I Haven't Found It Yet) y escribir milagros de dicha teatral (Constellations).

Es una voz notable del teatro inglés y merece mucho la pena apoyarlo.

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