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RESEÑA: Girl From The North Country, Teatro Old Vic ✭✭✭✭✭

Publicado en

Por

julianeaves

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El reparto de Girl From The North Country. Foto: Manual Harlan

 

Girl From The North Country

The Old Vic

26 de julio de 2017

5 estrellas

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Siempre supe que había mucho de O’Casey en Conor McPherson, el autor de mitos irlandeses modernos, pero ahora, al ver su puesta en escena de su propia obra, inspirada en las canciones de Bob Dylan, percibo que quizá hay incluso más de Chéjov. Toma un grupo de personajes mal avenidos, los coloca juntos en un entorno provisional e inseguro, y observa cómo no logran dominar los desafíos que la vida pone en su camino y, sobre todo, cómo no consiguen verse a sí mismos tal como son. Ese privilegio se lo concede al público. Y, al mismo tiempo, como dijo uno de los productores externos que asistía a la noche de prensa, nos “dice quiénes somos”: una afirmación, desde luego, muy certera. Porque ese es el don del poeta, y en esta nueva obra de McPherson, él y Dylan demuestran que eso es precisamente lo que poseen.

Sam Reid (Gene Laine) y Ciaran Hinds (Nick Laine) en Girl From The North Country. Foto: Manual Harlan

Estamos en el Minnesota invernal, en 1934, en un hotel barato y en decadencia (ingenioso diseño de Rae Smith, iluminado con una belleza deslumbrante por Mark Henderson), donde el propietario, Nick Laine (Ciaran Hinds), intenta obstinadamente mantener el negocio a flote en plena Gran Depresión, mientras su esposa, Elizabeth, de la que está distanciado, se hunde cada vez más en la demencia, con todo tipo de comportamientos inapropiados. De manera algo desconcertante, la interpreta la joven Shirley Henderson, quien crió como propia a la niña expósita Marianne (Sheila Atim): se nos pide, presumiblemente, que suspendamos la incredulidad, pero resulta un salto algo forzado; Atim se eleva por encima de Henderson mientras trabaja sin parar por el hotel, con una figura larga y atlética, poderosa, y un físico que la hace aún más singular. Una de las principales líneas de la “trama” es verla rechazar al acaudalado vestigio de un farmacéutico, el señor Perry (Jim Norton), en favor de la robusta masculinidad del convicto fugado Joe Scott (Arinze Kene): un giro muy “rock’n’roll” y que —acabamos sabiendo— culmina con éxito, convirtiéndolos prácticamente en los únicos triunfadores reales que emergen de las ruinas del Sueño Americano que aquí se exhiben.

Otros refugiados de ilusiones rotas reunidos bajo el techo de los Laine son los Burke (Stanley Townsend y Bronagh Gallagher, una pareja mal avenida, condenada —como tantos— a permanecer junta) y su hijo Elias, peligrosamente infantil, a lo Lennie (Jack Shalloo, a quien se le concede uno de los momentos vocales más espléndidos, que desemboca en “Duquesne Whistle”, uno de los muchos y magníficos números de conjunto del espectáculo). Los Laine también tienen un hijo, Gene (Sam Reid, que rezuma una especie de glamour marchito), cuyas frustradas ambiciones literarias lo señalan como otro arquetipo de la época —y de este tipo de drama—: bien podría haberse colado desde una obra de Clifford Odets o de algo de O’Neill, sobre todo por su debilidad por la bebida. Tiene una novia, Katharine Draper (Claudia Jolly, asumiendo casi visiblemente más responsabilidad con cada momento que está en escena), cuya acción principal es rechazarlo en favor de una opción mejor, alguien que pueda ofrecerle una nueva vida en la lejanísima Boston. Y está la señora Neilsen (Debbie Kurrup), que se presenta a sí misma, como dicta el título, con “Went to See The Gypsy”, y que hasta el final refleja también la cualidad errante de esta compañía.

Arinze Kene como Joe Scott en Girl From The North Country. Foto: Manual Harlan

Otras víctimas del desencanto son la Iglesia, personificada en el falso reverendo Marlowe (Michael Schaeffer), cuya extorsión cobarde y sus robos pregonan un airado desprecio por la hipocresía, y la medicina, a través de las impotentes observaciones del doctor Walker (Ron Cook), finalmente suicida. Hay un conjunto formado por Kirsty Malpass, Tom Peters y Karl Queensborough, cuyas vidas no se examinan, pero cuesta imaginar que estén menos a la fuga que cualquiera de los demás en este elenco de inadaptados. De hecho, tal es lo estrafalario de la pandilla, que por momentos parece que nos hayamos colado en una parada nocturna de los raritos de Todd Browning, montando un espectáculo de sus muchas rarezas. En otros instantes, la escritura tiene una acidez y un mordiente tan afilados y nítidos que parece que estemos por algún lugar cerca de Key Largo, donde una jovialidad forzada enmascara una putrefacción espantosa en el corazón de la sociedad.

Claudia Jolly (Katherine Draper) y Sam Reid (Gene Laine) en Girl From The North Country. Foto: Manual Harlan

Al doctor Walker, por cierto, se le asigna además el papel de mediador entre la mise-en-scène y las personas reunidas al otro lado del proscenio. Es él quien nos cuenta muchas cosas. De pie ante un micrófono de pedestal al estilo de los años 30, del mismo modo en que se interpretan muchas de las canciones, resulta afable, digno de confianza, de voz baja y —a diferencia de la mayoría de los otros personajes— no dado ni a la autocompasión ni a la dramatización de sí mismo. A menudo recuerda un poco al abogado de “Panorama desde el puente”. Pero McPherson es demasiado, demasiado astuto como para permitirse caer en una tragedia manida y servil: su mirada es mucho más compleja, y verdaderamente chejoviana, en la medida en que percibe una totalidad de la vida que rara vez entra en el campo de visión de los dramaturgos. La sutileza de su mente abarca demasiado de la imprevisibilidad del comportamiento y de las reacciones humanas, y además posee un corazón capaz de empatizar con prácticamente cualquier matiz de personalidad, cualquier disposición mental, cualquier temperamento.

Jim Norton (Sr. Perry) y Sheila Atim (Marianne Laine) en Girl From The North Country. Foto: Manual Harlan

En torno a esta visión se teje la red de todos los demás momentos musicales (estupendo diseño de sonido de Simon Baker). A medida que pasan los días y las semanas, desde poco antes de Acción de Gracias hasta la llegada del Adviento, desfilamos por una sucesión de temas de Dylan, con maravillosos arreglos nuevos de Simon Hale, y dotados de movimiento con una inteligente energía por Lucy Hind. Además de la banda de cuatro músicos, liderada por Alan Berry (piano), con Charlie Brown (violín y mandolina), Pete Callard (guitarras y resonador) y Don Richardson (bajo), todo el reparto se pone —con éxito rotundo— a acompañarse mutuamente con un surtido de instrumentos que, no de forma inverosímil, andan por la sala común del hotel. Son interpretaciones sobrecogedoras, que ponen la piel de gallina y arrancan lágrimas, con una expresión de tal patetismo y una belleza tan sorprendente e inesperada, que casi podría perdonársete no caer en la cuenta de que Bob Dylan es, en verdad, uno de los más grandes compositores de canciones de todos los tiempos. Estas canciones nos llegan como descubrimientos nuevos y emocionantes de poderosos secretos sobre la condición humana, perfectamente moldeados en forma, voz y textura instrumental, y siguen resonando en la mente mucho después de salir del teatro.

No es casualidad que el público se ponga en pie al final de la función. Porque sabe que, durante la representación, no ha conocido a ningún extraño. Se ha encontrado consigo mismo.

ENTRADAS PARA GIRL FROM THE NORTH COUNTRY

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