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RESEÑA: El castillo de Barba Azul, Green Opera, Teatro Arcola ✭✭✭✭✭
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timhochstrasser
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Tim Hochstrasser reseña la ópera de Bartók El castillo de Barbazul, presentada por Green Opera en el Arcola Theatre de Londres.
Julian Debreuil y Anastasia Inniss. Foto: Nick Rutter. El castillo de Barbazul, Festival Grimeborn Arcola Theatre
31 de agosto de 2022
5 estrellas
La única ópera de Bartók, de 1910, es una elección magnífica para el Grimeborn. Dura apenas una hora y, aun así, despliega una enorme variedad de climas, todo ello atravesado por una intensidad sombría que la intimidad del Studio 1 del Arcola no hace sino potenciar. Esta excelente producción de Green Opera no decepcionó: golpea con fuerza tanto por sus dos espléndidos protagonistas como por un cuadro orquestal abrasadoramente incisivo, coordinado con solvencia por John Paul Jennings.
James Corrigan. Foto: Nick Rutter
Hay muy poco argumento que resumir: aquí todo es atmósfera e insinuación. Barbazul lleva a Judith a su imponente y oscuro castillo —aquí, un estudio de artista— y ella insiste, intrépida, en dejar entrar la luz pese a sus advertencias, abriendo siete puertas cerradas. Cada una revela una vista impresionante o impactante, pero todas están manchadas de sangre. El estilo vocal es en su mayor parte declamatorio —para ambos cantantes— y el trabajo pictórico recae, en gran medida, en la orquesta, aquí reconfigurada con pericia para diez intérpretes: una paleta que resulta más que suficiente para este espacio reducido.
El aspecto más novedoso de la imaginativa dirección de Eleanor Burke es poblar el escenario con objetos recuperados y piezas reutilizadas, en su mayoría fruto de rastreos por playas inglesas. Madejas de botellas atadas con aparejos de pesca, y jirones de plumas y telas se combinan con atractivo en varias instalaciones que adquieren un papel destacado en la acción. También aparece —inevitablemente— una puerta derruida, junto con tiras de algas a modo de flores y una maravillosa lámpara de araña mullida, descendida desde arriba para representar el tesoro de Barbazul. La capa final, colocada sobre los hombros de Judith cuando es conducida al palacio de la memoria de Barbazul, resulta aún más conmovedora por su cualidad deshilachada y fragmentada.
April Frederick y James Corrigan. Foto: Nick Rutter
También tienen que aparecer escalofríos de terror, y aquí llegan tanto por lo que se ve como por lo que se oye. Una sábana que se desenrolla y pasa del blanco a unas manchas rojizas de sangre que se extienden captó con acierto el tono de la sexta puerta; y la orquesta, coronada por el grito de Judith, estuvo más que a la altura de la majestad armónica de la quinta puerta, que revela la plena extensión del reino de Barbazul bajo un amenazante cielo de nubes. Para que esta obra despliegue toda su potencia, hace falta que tu propia imaginación se active ante la sensual inquietud de un castillo que llora sangre, y esta producción sin duda lo consiguió en quien firma esta reseña.
Hay repartos alternos y, en la primera noche, James Corrigan y April Frederick mostraron una química real —tanto sexual como temerosa— que ayudó a suspender la incredulidad y a sostener la tensión. La ambientación, menos apocalíptica de lo habitual, sugería que Corrigan era un artista solitario que coleccionaba y absorbía musas, más un solipsista que un asesino. Transmitió con claridad tanto el anhelo de compañía como la negativa a desprenderse de un pasado explotador. Frederick encontró el filo justo entre la audacia y la ausencia de miedo al sucumbir al vértigo de querer saber cada vez más. También reflejó con emoción la desinflación de quien, de repente, comprende que ahora posee más conocimiento del que jamás quiso de verdad —o quizá necesitó—.
April Fredrick y Jasmes Corrigan. Foto: Nick Rutter
Dado el papel protagonista que desempeña en la historia, hay que decir algo con detalle sobre las fuerzas orquestales. John Paul Jennings coordinó el conjunto con brío y cuidado: en los momentos más vistosos dejó que su magnífico plantel de músicos se explayara, pero también matizó y graduó el sonido con pericia para lucir y respaldar las voces cuando necesitaban prioridad. Con un instrumento por parte hubo oportunidades para que todos brillaran con carácter propio, especialmente los vientos, pero la potencia del conjunto también estuvo ahí cuando hizo falta.
Esta producción me conquistó por completo como interpretación de cámara de la obra: intensifica el drama al acercarte a él, y pierde muy poca resonancia pese a la reducción de la plantilla orquestal. La ópera puede leerse en varios niveles: como una pieza de simbolismo abstracto influida por las obras más expresionistas de Richard Strauss, o como una parábola moral sobre hasta qué punto deberíamos intentar penetrar en la psique incluso de quienes creemos más cercanos. Salimos con mucho en lo que pensar y con el recuerdo de una función rigurosa, técnicamente impresionante y exigente —en el mejor sentido—. No os la perdáis en el Arcola, o más adelante este mes en la Asylum Chapel, en Peckham. Y, como extra, por cada entrada comprada se plantará un árbol.
El castillo de Barbazul continúa en el Arcola Theatre de Londres hasta el 3 de septiembre y después en ASYLUM London del 13 al 18 de septiembre de 2022. Únete a nuestra lista de correo Otras reseñas de Grimeborn 2022
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