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RESEÑA: Piratas de Penzance con elenco masculino, Wilton's Music Hall ✭✭✭✭
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Por
julianeaves
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Julian Eaves reseña el Pirates of Penzance masculino de Sasha Regan en Wilton's Music Hall
The Pirates of Penzance
Wilton's Music Hall
26 de febrero de 2019
4 estrellas
Comprar entradas Diez años después de su estreno en The Union Theatre, en Southwark —un espacio mucho más pequeño que el que ahora ocupa—, esta producción inauguró la revolucionaria serie de montajes masculinos de G&S de Sasha Regan, que nos ha traído 'HMS Pinafore' y 'Iolanthe' en versiones con un mayor o menor anclaje en el mundo contemporáneo. De las tres, esta parece tener el aspecto más «tradicional», con el diseño de Robyn Wilson-Owen ofreciendo una vuelta de tuerca, cargada de muselina, al vestuario de época, mientras que la coreografía rabiosamente actual de Lizzie Gee se recrea en toda la potencia y energía que puede extraerse de un equipo impecable de jóvenes intérpretes. El hecho de que estos chicos, además, puedan cantar en registros de tenor, barítono o bajo, así como en una variedad de falsetes, y ejecutar todo ese movimiento, es la gran baza de la producción: una fortaleza que te permite pasar por alto la sobriedad de la escenografía y el foso vacío. Ben Bull firma una iluminación simple pero sensible.
Pero aquí las estrellas son la compañía —y el espacio—. Desde la primera entrada arrolladora del conjunto masculino atravesando el patio de butacas, tomando el control del escenario y deslumbrándonos con su claridad vocal —cada sílaba gilbertiana articulada con meticuloso cuidado (gracias al director musical Richard Baker, que acompaña con eficacia la acción al piano)—, pasando por la aparición igualmente coqueta de las «damas» amaneradas y de pasitos (con el consiguiente y bastante vergonzante coro de risas de un público mayoritariamente de mediana a avanzada edad, sin duda con actitudes a juego), y hasta la secuencia de números servida con pericia que nos conduce a un final más bien apagado, lo que tenemos aquí es un derroche de precisión y detalle interpretativo que hará las delicias de cualquiera que adore ver un gran espectáculo defendido con brío y un cuidado enorme.
Tom Senior ofrece una figura románticamente sólida como Frederic (aunque, en un error poco habitual, Regan decide jugar su «O is there not one maiden breast» para la risa, un gesto que a la postre debilita la fuerza sentimental del desenlace); con todo, su actuación es heroica, saca el máximo partido a una voz atractiva y, desde luego, da el tipo. En cambio, el Mabel de Tom Bales sufre con la tesitura tan alta y a menudo produce un sonido fino y desvaído. Qué diferente a la Ruth fenomenalmente lograda de Alan Richardson; conviene recordar, además, que este actor fue el primer Mabel de esta producción hace una década, y las comparaciones con su sucesor rara vez benefician a Bales.
En el resto del reparto, el Major-General de David McKechnie, de lengua vertiginosa, se erige en campeón de algunos de los pasajes más endiablados de G&S, ganándose al público con un dominio que parece sin esfuerzo. Igualmente convincente es el Pirate King de James Thackeray, pese a que quizá parezca apenas un poco demasiado joven para el papel. Y un cuarteto de roles femeninos —Isabel de Dominic Harbison, Kate de Connor Hughes, Edith de Sam Kipling y Connie de Richard Russell Edwards— nos recuerda que, en realidad, estamos viendo un espectáculo que trata tanto de lo femenino como de cualquier otra cosa. Regan, en su favor, logra esquivar muchos de los escollos del género y les otorga una modernidad y una dignidad que no siempre están presentes en las presentaciones convencionales de esta ópera. También está el papel, más marcadamente cómico, de Samuel a cargo de Benjamin Vivian-Jones. Así que hay muchas cosas buenas que celebrar.
El segundo acto nos presenta a un recién llegado al equipo, el Sergeant of Police de Duncan Sandilands, con el que se divierte de lo lindo —igual que el siempre versátil coro, que ahora se convierte en policías—. Como siempre, la coreografía de Gee, maravillosamente encantadora y fluida, les hace crear formas preciosas mientras le arropan, con abundante ingenio y buen humor. Es una incorporación bienvenida tras el intermedio, porque —como el público con experiencia sabe de sobra— lo mejor de G&S a veces se encuentra antes. Con menos material aquí, Regan no se entretiene y emprende una carrera bastante rápida hacia la meta, dejándonos apenas un toque de agridulce pesar que aporta picante al final de un acto, por lo demás, menos atractivo.
Así que, diez años después, el espectáculo está en una forma espléndida, aunque con algunos peros. Lo bueno es realmente muy bueno, y hay suficiente como para merecer un par de horas de tu tiempo. El reparto se lo pasa en grande, y tú también.
Hasta el 16 de marzo de 2019
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