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RESEÑA: Pippin, Garden Theatre Londres ✭✭✭✭
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markludmon
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Mark Ludmon reseña la nueva reposición del musical Pippin, de Stephen Schwartz, en The Garden Theatre at The Eagle, en Londres
Ryan Anderson y el elenco de Pippin. Foto: Bonnie Britain Pippin
The Garden Theatre, Londres
Cuatro estrellas
Cuando el clásico musical de 1972 de Stephen Schwartz, Pippin, se repuso en Broadway hace siete años, contaba con un elenco de 24 intérpretes. En el Menier Chocolate Factory de Londres, en 2011, el conjunto se redujo a 13. En el Garden Theatre al aire libre de The Eagle este mes, el espectáculo lo interpreta un elenco de solo seis, y funciona de maravilla, no solo por lo que debe de ser una de las coreografías más impresionantes que se hayan visto en un pequeño teatro de la escena fringe.
Debido al distanciamiento social, el espacio escasea hoy en día, así que la escenografía y la utilería son mínimas en la entretenida nueva producción de Steven Dexter. Con una duración de 90 minutos sin contar el intermedio, el montaje se ha recortado con habilidad hasta llegar al corazón de la historia sin perder nada de la alegría y la magia del original. Basado muy libremente en mitos medievales sobre un hijo del emperador Carlomagno (también conocido como Carlos el Grande), sigue a un joven príncipe, Pippin, en su viaje para descubrir qué hace que una vida sea “plenamente satisfactoria”, con la esperanza de aprender a equilibrar las realidades de la vida cotidiana con el deseo de algo más “extraordinario”. Al igual que el musical de Schwartz Godspell, de 1971, el espectáculo se plantea como una función a cargo de una troupe de intérpretes hippies, pero, con guiños de meta-teatralidad, los personajes —o los propios actores— intentan liberarse del relato que se les impone.
Tsemaye Bob Egbe como Leading Player y Ryan Anderson como Pippin. Foto: Bonnie Britain
Aparte del breve intermedio, la narración nunca decae, interpretada con energía y claridad por el polifacético elenco junto con la música del director musical Michael Bradley. Tsemaye Bob-Egbe es un Leading Player carismático y con autoridad, que toma el control de la narración como un director con una vena siniestra y tiránica. Ryan Anderson está excelente como Pippin, inquieto y ansioso por explorar la vida, interpretando algunos de los grandes éxitos como “Corner of the Sky”, “Morning Glow” y “Extraordinary” con mucho encanto. Pero el espectáculo es, ante todo, una pieza de conjunto, con otros papeles interpretados con fuerza por Harry Francis (Lewis y Theo), Dan Krikler (Charles), Tanisha-Mae Brown (Catherine) y Joanne Clifton, ganadora de Strictly Come Dancing en 2016, que aporta aún más comedia como la manipuladora reina Fastrada y la abuela vamp de Pippin, Bertha. Brilla en el número que se roba el espectáculo, “No Time at All”, animándonos a cantar el estribillo a través de nuestras mascarillas.
Harry Francis como Lewis y Joanne Clifton como Bertha. Foto: Bonnie Britain
Las raíces del espectáculo en los últimos años sesenta se subrayan con el vestuario “hippie” y los motivos tie-dye en las paredes del teatro, diseñados por David Shields, pero el aspecto visual más deslumbrante del montaje es su danza y movimiento, coreografiados por Nick Winston. Con referencias juguetonas a estilos de baile populares de los años sesenta, es ágil, sutilmente intrincado y, por momentos, acrobático, a menudo a punto de desbordar el reducido espacio escénico. En un momento en el que muchos de nosotros podemos sentirnos tan desconcertados sobre el futuro como Pippin, esta es una reposición alegre y verdaderamente extraordinaria.
En cartel hasta el 11 de octubre de 2020
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