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RESEÑA: On Your Feet, London Coliseum ✭✭✭
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julianeaves
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Julian Eaves reseña On Your Feet, la historia de Gloria y Emilio Estefan, actualmente en cartel en el London Coliseum como parte de una gira por el Reino Unido.
On Your Feet
London Coliseum
26 de junio de 2019
3 estrellas
Calendario de la gira por el Reino Unido
Esto debería ser un espectáculo divertido, repleto de la maravillosa música de Gloria Estefan – la estrella de latin pop de los 80, con una voz que recuerda a una Madonna afinada mezclada con Karen Carpenter, y con una impresionante facilidad para componer canciones de éxito. Se presenta como «un nuevo musical», pero su formato no es, en realidad, más que una entrevista de plató llevada al escenario, en la línea de «Y entonces escribí…». El libreto de Alexander Dinelaris nos invita a interesarnos por cómo Gloria se convirtió en la vocalista principal (y esposa) de la banda de Emilio Estefan, Miami Sound Machine, y cómo su tenacidad conjunta, confianza en sí mismos y pasión les permitió dar el salto («cross-over») del mercado del latin pop al consumo musical global y mayoritario. Pero, para ser totalmente sinceros, aunque el director Jerry Mitchell y el coreógrafo de raíces latinas Sergio Trujillo lo dan todo, el espectáculo rara vez pasa de ser una lección: pese a, o quizá debido a, la estrecha implicación en cada etapa de las mentes rectoras de los propios Estefan, las personalidades dominantes en el centro de este viaje asombroso siguen resultando inasibles, por mucho que incluso los fans más acérrimos quieran preocuparse por ellas. En última instancia, su espectáculo se siente distante y poco envolvente.
¿Por qué ocurre esto? El montaje funcionó razonablemente bien en Broadway, pero el éxito a un lado del Atlántico no siempre sobrevive al cruce. Aun así, creo que la explicación de la falta de magia del espectáculo es más simple. Incluso con las debilidades que tiene el guion, si este show se presentara en un teatro de una fracción del tamaño del Coli, tendría muchas más posibilidades de conectar con el público. Al fin y al cabo, la música es magnífica (dirección musical de Clay Ostwald, al frente de una banda en escena de 10 músicos, incluidos algunos miembros originales del grupo de Estefan), la coreografía es chispeante y la puesta en escena de Mitchell es cristalina y un modelo de fluidez. Pensemos, por ejemplo, en Sunny Afternoon, otro espectáculo con un «argumento» finísimo y solo una ristra de éxitos para sostenerlo: si se hubiera producido en el enorme vacío cavernoso del Coliseum, con más de 2.200 butacas, habría muerto. Así, tal cual. Pero, presentado en el Hampstead Theatre y luego en el Harold Pinter (con unas 800 localidades), estuvo dos años en el West End y desde entonces ha girado con éxito, aprovechando la creación de un vínculo fuerte y vívido con el público.
Y ese es el tipo de futuro que uno podría imaginar fácilmente para este espectáculo. Con algunas reescrituras juiciosas –para subrayar, quizá, el elemento de lucha–, eliminando algunas de las excursiones biográficas menos pertinentes y reduciendo al mínimo el coro y la banda, bien podría convertirse también aquí en un entretenimiento realmente exitoso. Fue un error de cálculo llevarlo al Coli. Aunque ese fallo pueda recortar su permanencia prevista (la noche de prensa se cerró todo el anfiteatro –500 asientos–, y el Upper Circle estaba visiblemente holgado, con muchas butacas vacías entre las que elegir, y eso con cierto «relleno» de entradas de cortesía; un espectáculo grande, caro y comercialmente gestionado en este recinto no va a sobrevivir con cifras así), no tiene por qué significar el final definitivo del musical.
Desde luego, espero que no lo sea. En el papel protagonista femenino hay una interpretación de enorme magnetismo personal y ternura, energía y sensibilidad a cargo de la emocionante actriz Christie Prades: es, en todos los sentidos, la joven Gloria, cantando y bailando con energía explosiva en los números más movidos; pero es en las deliciosas baladas –algunas de las mejores del canon pop: «Anything For You», «When Someone Comes Into Your Life»– donde brilla de verdad el extraordinario talento de esta magnífica compositora. El guion convierte otro gran solo del repertorio de Estefan, «Here We Are», en un dúo, con menos acierto. El partenaire de Prades, George Ioannides, tiene un atractivo moreno mediterráneo, pero es un actor joven con relativamente poca experiencia escénica y resulta algo rígido e incómodo: se percibe poco una gran historia de amor entre ambos, y apenas se intuye su considerable olfato empresarial; parece que todavía no ha adquirido la capacidad de proyectar una caracterización en el inmenso espacio de un auditorio como este.
Mucho más segura es la estupenda interpretación de Madalena Alberta como la madre de Gloria, la señora Fajardo: de hecho, la fuerza misma de su presencia en escena nos recuerda con intensidad a aquel otro musical que tiene en su centro una relación madre-hija tensa y complicada, Gypsy. Pero su papel, aunque más breve, está escrito de manera mucho más amplia y libre, permitiendo a la actriz aportar no solo luz, sino también abundantes sombras a su personaje. Aún mejor es el caramelo de papel de la abuela, Consuelo, en el que Karen Mann se lleva por delante cada escena en la que aparece y –lo que es crucial– anima la función con un humor muy necesario. Cuando ella no está en escena, el libreto tiende a volverse bastante solemne e incluso estirado.
De los demás intérpretes destacados, Elia Lo Tauro como el padre de Gloria, José, tiene la tarea casi imposible de construir una interpretación coherente a partir de un puñado de escenas totalmente inconexas y con las que cuesta empatizar, misión aún más difícil cuando su personaje pierde la capacidad de hablar. Sin embargo, en el último momento sí llega a cantar una de las mejores melodías del espectáculo y demuestra que tiene una voz a la altura del propósito y del espacio, aunque él también se enfrenta al espinoso problema de cómo «cantar» música pop en un teatro grande. No es, ni mucho menos, una tarea fácil. La música pop no está pensada para cantarse en estas circunstancias, y plantea al intérprete un sinfín de dificultades que la amplificación electrónica solo resuelve parcialmente. Carl Patrick sale bien parado en lo técnico en sus dos papeles escasamente desarrollados, Phil y el Dr. Neuwirth. El resto del espectáculo se completa ampliamente con un atareado elenco de 18 artistas, que interpretan desde lavanderas cubanas hasta soldados estadounidenses en Vietnam. Aunque todo lo que hacen –cantar o bailar– está ejecutado de forma admirable, por mucha actividad frenética o elegante aplomo que desplieguen, por desgracia nada nos acerca al corazón de lo que realmente pretende contar este musical. Y hay dos niños –una niña y un niño– que salen de equipos de tres para aparecer aquí y allá, aportando una ternura intermitente al conjunto.
Sí, está montado con empaque, con proyecciones hábilmente entrelazadas (de Darrel Maloney) sobre el funcional y flexible diseño escenográfico de David Rockwell (con la gran orquesta de baile desplazándose de un lado a otro desde el fondo del escenario sobre un imponente carro), y todo está iluminado con ajetreada importancia y un juicio afilado como una navaja por Kenneth Posner, que se esfuerza al máximo por tender un puente sobre esa enorme distancia entre el escenario y el público. Y, desde luego, también lo hace el atronador diseño de sonido de SCK Sound Design y Andrew Keister. Pero todo esto es en vano. Cuanto más se empeña este espectáculo en llegar hasta nosotros, menos nos convence de que tenga realmente algo que decir. Quizá, si levantara un poco el pie del acelerador y dejara que la música hablara más por sí sola, nos gustaría mucho más. Tal como está, creo que le espera una dura batalla para encontrar a su público.
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