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RESEÑA: Amor, Amor, Amor, Lyric Hammersmith Londres ✭✭✭✭✭
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julianeaves
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Julian Eaves reseña Love, Love, Love, de Mike Bartlett, actualmente en cartel en el Lyric Hammersmith de Londres, dirigida por Rachel O'Riordan.
Love, Love, Love Lyric Theatre, Hammersmith,
11 de marzo de 2020
5 estrellas
¡Qué triunfo tan magnífico, con calidad de West End! La magistral puesta en escena de Rachel O'Riordan de estas escenas de vida burguesa de Mike Bartlett es un retrato elegante, afilado, emocionalmente complejo y moralmente ambivalente del país. Cuenta con una interpretación arrolladora y de altos vuelos de Rachel Stirling que, por sí sola, probablemente hará que muy pronto sea difícil conseguir entradas para este espectáculo.
En esencia, se trata de una obra bien construida en tres actos, en la mejor tradición inglesa. Bartlett, eso sí, lleva esta forma tan conocida a un territorio nuevo en su historia de Sandra (Stirling) y Henry (Patrick Knowles), siguiéndolos a través de tres fases decisivas de su relación amorosa. En el primer acto, ambientado en 1967, el primer amor florece en un piso cutre a partir de un encuentro casual entre la Sandra de 19 años y el hermano estudiante de su cita: Kenneth, hosco y algo respondón, de marcada clase obrera, interpretado por Nicholas Burns. Ella es una bocanada de aire fresco de los sesenta que irrumpe en su sala de estar asfixiante, mientras los chavales intercambian un diálogo brusco, a lo Pinter. Enmarcado por el fabuloso marco curvo de plató televisivo sesentero de Joanna Scotcher, podría ser perfectamente un "Play for Today".
Después, el segundo acto nos lanza a la pulcra comodidad thatcherista de una Reception 1 en un barrio residencial de Reading, en tonos naranja pastel y verde, donde dos escolares escandalosos —Jamie, de Year 10 (un acertadísimo Mike Noble), y Rose, de un ceño fruncido casi innato (una Isabella Laughland incandescente)— se pelean y se lanzan pullas. Henry es nominalmente el señor de la casa, pero la emperatriz absoluta es, sin duda, Sandra, impecable y poderosa, con el pelo engominado hacia arriba y hacia atrás, luciendo un traje pantalón color crema. Es aquí donde la obra encuentra de verdad su paso más personal, centrada en las dos obsesiones burguesas gemelas: la infidelidad y los hijos, con Scotcher situándolo todo dentro de un marco de televisor de 1990.
Tras las peripecias cómicas del acto central, la cosa da un giro más sombrío y dramático en el episodio final, donde asoma otro tipo de amor. Amor duro. Para ello, el escenario se ensancha y se aplana hasta adoptar la forma del omnipresente smartphone, porque ahora estamos en 2011. Aquí, el abismo entre generaciones nunca ha parecido más imposible de salvar. También es el momento en que el texto vira con mayor violencia entre la comedia desatada y la desdicha, con el telón de fondo de la frialdad vacía y palaciega de la ociosidad de los acomodados ya jubilados, y mostrando que Bartlett también es igual de bueno manejando el misterio y el suspense.
Con una banda sonora contundente de Simon Slater, e iluminada con garbo por Paul Keogan, toda esta producción proclama a los cuatro vientos que O'Riordan está llevando el Lyric, Hammersmith a un terreno aún más sofisticado del que venía ocupando hasta ahora. ¡Una gozada!
Fotos: Helen Maybanks
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