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RESEÑA: Hedda Gabler, Teatro Nacional ✭✭✭✭

Publicado en

Por

pauldavies

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Ruth Wilson y Rafe Spall en Hedda Gabler. Hedda Gabler

National Theatre

13 de diciembre de 2016

4 estrellas

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Rita, la de Willy Russell, incluso una vez educada, probablemente resumiría a Hedda Gabler como “una vaca de cuidado”. Es un personaje enormemente antipático, escurridizo, con algo de camaleón emocional, deleitándose tanto en su aburrimiento como en el placer de manipular las vidas de los demás. Al igual que en su magistral montaje de A View From The Bridge, el director Ivo Van Hove ilumina con una mirada casi forense un texto clásico y, a través de la versión depurada de Patrick Marber, deja al descubierto rasgos de los personajes y aspectos de la obra que en gran medida habían pasado desapercibidos.

Sinead Matthews y Chukwudi Iwuji en Hedda Gabler

La escenografía es la trampa limpia, pura, fría y carente de emoción que Hedda se ha tendido a sí misma.  Una casa que ella decía que era la casa de sus sueños, en la que tenía que vivir sí o sí (luego se supo que estaba bromeando), es ahora su mausoleo, y cuando arroja flores frenéticamente por el espacio escénico las está esparciendo sobre su propia tumba. No hay salidas laterales: los intérpretes entran y salen por el patio de butacas, salvo Hedda, que permanece en escena durante toda la función, ya colocada cuando llega el público, arrancando notas a su piano. La otra presencia constante es Berte, la criada: su carcelera y, en ocasiones, su cómplice. Ruth Wilson ofrece una interpretación extraordinaria de Hedda, un personaje lleno de dualidades. Su vestuario es un camisón blanco translúcido, parece desnuda pero no lo está; todos reclaman su cuerpo, su belleza. Sabe perfectamente que se ha casado con el aburrimiento, encarnado por su marido, Tesman; sabe que se casó “para sentar la cabeza”; muerde la mano que le da de comer y las que no; utiliza la palabra “académico” con el veneno que algunos actores reservan para “crítico”. Y, aun así, Wilson convierte ese egoísmo en tragedia, convenciéndonos de que Hedda no se atreve a saltar a otra vida y encuentra refugio en su capacidad de destruir… y ni siquiera en eso triunfa.

Sinead Matthews y Ruth Wilson en Hedda Gabler

Hedda vive según un conjunto de reglas que solo ella entiende de verdad, y los hombres de su vida no están a la altura de su código.  Como Tesman, Kyle Soller lo convierte en un hombre agradable; su único “delito” es la ambición, su tema de estudio es increíblemente de nicho, pero es un buen tipo, enamorado de su mujer, y con un código moral más claro que el de Hedda. Como Lovborg, Chukwudi Iwuji aporta una energía poderosa al escenario, tanto como escritor sobrio y exitoso como, después, como hombre destruido: un alcohólico al que la intrigante Hedda vuelve a dar alcohol y que no logra encajar en el papel de Dioniso que ella le ha asignado; Hedda se echa atrás ante los excesos en los que él se entrega. Sinead Matthews está magnífica como la señora Elvsted, foco de los celos de Hedda: la musa de Lovborg que Hedda nunca será para Tesman, viviendo una vida de riesgo que Hedda jamás se atrevería a asumir. En prensa, Rafe Spall ha hablado mucho del honor de trabajar con Ruth Wilson, pero lo cierto es que la velada le pertenece a su reveladora interpretación de Brack. Los Brack rara vez resultan sexys, pero aquí su interés sexual por Hedda es palpable; la tensión se puede cortar con un cuchillo cuando están juntos en escena, y queda claro que es un hombre abusivo y poderoso, especialmente cuando Van Hove vuelve a demostrar un uso efectivo del líquido rojo en el clímax de la obra.

Kate Duchene, Kyle Soller, Ruth Wilson, Rafe Spall y Sinead Matthews en Hedda Gabler

Se trata de un montaje más intelectual que emocional, y en ocasiones es demasiado frío para su propio bien. Esto se nota especialmente en el clímax, cuando Hedda por fin rompe sus barreras y llora de desesperación, y sin embargo los demás personajes parecen aún más indiferentes y distantes. Aunque encaja con el concepto del montaje, también aleja al público, y durante toda la función se nos mantiene a cierta distancia emocional. Aunque no alcanza las alturas vertiginosas de su A View From the Bridge (muy pocas cosas lo hacen), el Hedda Gabler de Van Hove nunca deja de ser interesante: crea imágenes escénicas memorables y reúne una interpretación potente y entregada por parte del conjunto.

Hasta el 21 de marzo de 2017

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