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RESEÑA: Black, El Payaso, Grimeborn en el Arcola Theatre ✭✭✭✭

Publicado en

Por

timhochstrasser

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Tim Hochstrasser reseña el estreno en el Reino Unido de Black, the Clown, presentado como parte de Grimeborn en el Arcola Theatre.

Michael Lafferty Smith y Giuseppe Pellingra. Foto: Elena Molina Black, El Payoso/The Clown

Arcola Theatre

2 de agosto de 2022

4 estrellas

La calidad y la variedad de la programación de Grimeborn sigue impresionando al entrar en la segunda semana con el estreno en el Reino Unido de Black, the Clown, una de las últimas zarzuelas compuestas antes de que el género se fuera apagando tras la Guerra Civil española. La zarzuela es un género difícil de encasillar. A menudo se define como una «opereta española» que combina palabra hablada y música, pero bebe más de la aspereza del cabaré y la sátira de entreguerras que del romanticismo exuberante de Strauss y Lehár. El agridulce universo sonoro de Korngold y de The Emperor of Atlantis de Ullmann quizá sea un mejor punto de referencia para esta obra de Pablo Sorozábal, fechada en 1942.

Aquí se confunden los mundos del circo y de la política: los payasos se convierten en reyes y los reyes quieren convertirse en payasos, de una forma inquietantemente familiar en nuestros días. Como reflexiona uno de los payasos, triunfar como político populista se parece a agradar a un público en el circo: habilidades verdaderamente transferibles. Pero estas sombras que miran hacia atrás, a la España de los años treinta, y hacia delante, a nuestro siglo, no convierten en absoluto la función en algo pesado; al contrario, el entretenimiento ligero y el encanto están muy presentes. El director, Paul Paz, lo explicita al situar a un niño en el nivel superior del Studio 1 como recurso de enmarque, tirando literalmente de los hilos de un teatro de marionetas que hace eco de los acontecimientos de abajo.

Raphaela Papdakis y Michael Lafferty Smith. Foto: Elena Molina

La trama gira en torno a una confusión de identidades. Dos payasos, llamados simplemente Black y White, actúan en un circo y una princesa del público escucha a uno de ellos tocar al violín una melodía que le había regalado tiempo atrás su prometido desaparecido. Ella está convencida de que Black es el príncipe perdido, y él y su compañero son instalados posteriormente como gobernante y primer ministro del reino ruritano de la princesa. Resulta que se les da bien gobernar al estilo populista, de modo que cuando aparece el príncipe verdadero, está encantado de dejarles seguir para poder disfrutar de una vida privada tranquila como pianista de concierto. Una revolución los pone a todos de pronto en peligro, pero el regreso de los payasos a la pura interpretación consigue calmar al pueblo, y los señores del desorden restablecen el orden para todos.

Este tipo de trama quebradiza y una paleta estilística tan variada solo pueden funcionar si la música y la técnica están a gran altura, y lo primero que hay que decir de la producción es que los intérpretes, enormemente talentosos y entusiastas, superan con creces ese listón.

El sostén musical lo proporcionan el piano y el violín. Ricardo Gosalbo y Elena Jáuregui tocan con desparpajo y potencia, sugiriendo por momentos una gama orquestal de timbres. Jáuregui además se las arregla para manejar una gran variedad de percusión con una precisión rítmica experta. Solo se añaden grabadas las fanfarrias de metales, pero todo funciona con fluidez, sin necesidad de director musical, a través de una enorme variedad de estilos y tempi, y parece deslizarse por debajo de los 90 minutos de duración. Fue una idea excelente alternar el texto entre inglés y español, aportando inmediatez y autenticidad al diálogo, y el traductor Simon Breden ha hecho un gran trabajo al conseguir un texto directo y accesible.

Raphaela Papadakis y David Powton. Foto: Elena Molina

No hay eslabones débiles en el reparto: todos cantan como si les fuera la vida en ello y actúan con gran verosimilitud, con una coreografía eficaz y una puesta en escena que recurre a unos pocos elementos de utilería cuidadosamente elegidos, fáciles de entrar y sacar para no frenar el ritmo de la acción. No me quedó claro por qué se mantuvo tanta bruma durante toda la función, pero fue una molestia menor.

En el papel protagonista, Michael Lafferty-Smith captó la timidez y la melancolía del payaso clásico, junto a una muestra convincente de bravura como gobernante de Orsonia. Le dio una excelente réplica Giuseppe Pellingra como su compañero White, que no duda —a lo Sancho Panza— en abrazar con avidez las recompensas del poder. Raphaela Papadakis, envuelta en una nube espumosa de tul nupcial, aportó la altivez y la reserva adecuadas a la princesa, bienintencionada pero engañada; y su seriedad contrastó muy bien con el papel de soubrette de Catalina, interpretado por Juliet Wallace. Sus rutinas coquetas con el periodista Marat de David Powton encendieron la función en los compases iniciales; y él volvió más adelante como el príncipe desaparecido, con una exigente aria de tenor que resolvió con aplomo.

Si te pierdes esta breve temporada de un espectáculo único en el Arcola, no te pierdas la reposición en septiembre en el Cervantes Theatre, la sede de esta compañía tan talentosa y versátil. La sátira es delicada y el toque, ligero.

WEB DEL FESTIVAL GRIMEBORN

Lee también: reseña de The Coronation Of Poppea (Grimeborn en el Arcola Theatre)

 

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