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RESEÑA: El Fin de la Historia, Royal Court Theatre Londres ✭✭✭
Publicado en
5 de julio de 2019
Por
pauldavies
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Paul T Davies reseña la obra de Jack Thorne The End Of History, dirigida por John Tiffany, actualmente en cartel en el Royal Court Theatre de Londres.
David Morrissey y Lesley Sharp. Foto: Johan Persson The End of History Royal Court
4 de julio de 2019
3 estrellas
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En su última colaboración, el dramaturgo Jack Thorne y el director John Tiffany han creado un montaje más íntimo que Harry Potter and the Cursed Child. Ambientada a lo largo de veinte años, de Blair al Brexit, los padres Sal y David consiguen reunir a sus hijos para acontecimientos importantes. Tres actos, sin descanso, con diez años transcurridos entre uno y otro, y evolucionando a partir de la propia experiencia familiar de Thorne: aquí, lo personal es profundamente político, mientras Sal y David inculcan a sus hijos una ideología de izquierdas.
Laurie Davidson y Kate O’Flynn. Foto: Johan Persson
El gran atractivo de la producción de Tiffany es la magnífica interpretación. Lesley Sharp es un manojo de nervios como Sal, inquieta ante la idea de conocer en la primera escena a la novia “pija” de su hijo; y, aun así, su compromiso con la ideología hace que discuta enseguida: «Nada de talento cuando se trata de cocinar… pero cuando se trata de cabrear a mis hijos: talento inmenso». David Morrissey está sobresaliente como David: cercano, con principios, poniendo a prueba a sus hijos, aparentemente reteniendo su amor, igual que Sal; pero ambos intérpretes consiguen transmitir el amor profundo que sienten por ellos. Como escribió famosamente Larkin: «Te joden, tu madre y tu padre. Puede que no quieran, pero lo hacen». Kate O’Flynn está especialmente sólida como Polly, la que fue a la Universidad de Cambridge; y Sam Swainbury aporta a Carl parte de esas expresiones mustias que ya le vimos en la serie Mum, aunque aquí con discusiones más eruditas. Laurie Davidson, por su parte, tiene una fragilidad inquietante como Tom.
El reparto de The End Of History. Foto: Johan Persson
Aun así, a menudo tuve la sensación de que el reparto —especialmente los más jóvenes— hacía todo lo posible con una obra que luchaba por encontrar su centro, y cuyos personajes no terminaban de sentirse del todo completos. Me preocupó que Tom, que es gay, sea quien intenta suicidarse, encadene relaciones fallidas, y que su sexualidad pareciera arbitraria: ¿por qué el personaje es gay? Eso no quiere decir que sus hermanos sean más felices, pero su sexualidad parece el único motivo de su infelicidad. Sin embargo, la obra cobra verdadero sentido cuando, en el tercer acto, David lee en voz alta su discurso para Sal, muerta demasiado joven a causa del cáncer, e intenta ceñirse a la tradición cuáquera de exponer hechos y no hacer una elegía. Morrissey te rompe el corazón en este momento y, junto con sus hijos, descubrimos más sobre Sal de lo que habíamos visto en las dos escenas anteriores. Yo conozco a mujeres como ella, y esta preciosa secuencia me hace temer que sean una especie en vías de extinción.
Para mí, a la obra le habría venido bien más tiempo para respirar y desarrollarse; quizá dos actos completos con una escena adicional podrían habernos adentrado más en la dinámica familiar. Pero la escritura de Thorne, como siempre, chisporrotea de humanidad y humor en muchos pasajes, y merece la pena verla por sus interpretaciones sublimes.
Hasta el 10 de agosto de 2019
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