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PRÓXIMO: Sylvia, Teatro Old Vic
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julianeaves
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Julian Eaves echa un vistazo a Sylvia de Zoo Nation, que se ha presentado como trabajo en desarrollo en el teatro Old Vic.
Beverley Knight (Emmeline Pankhurst) y Whitney White (Christabel Pankhurst) con el reparto de Sylvia. Foto: Manuel Harlan Sylvia
Teatro Old Vic,
19 de septiembre de 2018
Este nuevo musical, extraordinario, asombroso, ambicioso y precioso, abre camino en prácticamente todos los frentes en esta primera muestra, en versión de trabajo en desarrollo, en el increíble Old Vic de Matthew Warchus, en Waterloo. Y tened esto en cuenta: cuesta creerlo, pero el equipo que lo firma apenas ha tenido un año para levantarlo desde que el teatro lo encargó. Rara vez hemos visto un fenómeno así en el musical británico. Quienes tuvieron la suerte de colarse en sus breves tres semanas en The Cut se sentirán privilegiados por haber asistido a algo tan maravilloso en una etapa tan temprana. Ahora se irá durante un año para reescribirse y pulirse, y después regresará como una producción plenamente acabada.
Concebido originalmente como una pieza de danza de Kate Prince y su compañía Zoo Nation para celebrar el centenario de que Sylvia Pankhurst (y el resto) lograra el primer voto para muchas mujeres en este país, el espectáculo ha crecido hasta convertirse en una exploración épica, maravillosa, de muchísimo más. Junto a la novelista y dramaturgista Priya Parmar, Prince incorpora a la historia un enorme elenco de personajes: desde primeros ministros y líderes de partido hasta grupos de mujeres de clase trabajadora del East End y decenas de figuras más, aquí llevadas a escena por un reparto de primera de 16 intérpretes.
Otros dos colaboradores habituales suyos, los compositores Josh Cohen y DJ Walde, han creado una partitura impresionante, con arreglos vocales y supervisión de Michael Henry, interpretada por el director musical y líder de la banda en escena, Josh 'MckNasty' Mckenzie: pesos pesados internacionales. Y, además, Prince firma la mayor parte de las letras, claras y agradecidamente bien escritas (una labor que comparte con los compositores, además de aportar música adicional). Y no se queda ahí: dirige con aplomo y fluidez y también coreografía con una atención al detalle sublime y un sentido, francamente genial, del conjunto, el movimiento, el ritmo y un deslumbrante dominio del espectáculo. Sí, de verdad. Una carga de trabajo increíble, y los resultados son apabullantes.
Tuve la suerte de ver el espectáculo dos veces durante su temporada en Waterloo, y me alegro muchísimo de haberlo hecho. Es tan audaz, tan radicalmente fresco y tan brillantemente original, que una sola visita —sobre todo cuando uno ya se ha acostumbrado a las convenciones de la tradición del West End— apenas basta para captar su inventiva y ambición.
La partitura de Cohen y Walde está dotada de melodía y dramatismo, rebosa ritmos impulsores e inquietos y se despliega con una amplitud casi cinematográfica. Es igualmente capaz de hablarle a la mente, al corazón y al alma: de verdad MERECE escuchas repetidas para apreciar mejor sus múltiples niveles.
Me gustó mucho Into The Hoods de Prince y Zoo Nation hace un par de años, una revista espléndidamente deslavazada y deliciosamente caótica de tropos contemporáneos. Pero el recuerdo de aquel montaje apenas me preparó para la asombrosa precisión y el acierto de los gestos y frases arremolinados, eléctricos y afiladísimos que puntean el impulso arrollador de esta partitura. Su trabajo parece atravesado de adrenalina y dopamina; cuando ves moverse a sus bailarines, sientes lo que ellos sienten. Es embriagador.
Como en todos los talleres, el diseñador Ben Stones ha contado con un presupuesto de andar por casa, pero esboza un marco de detalles de época con algunos vestuarios sencillos y una acertada selección de atrezzo.
Un espectro recorre el teatro musical: el espectro de Hamilton. Todas las potencias del viejo teatro musical han entrado en santa alianza para rendir culto en el santuario de ese espíritu. Y eso es, en efecto, lo que ocurre con esta obra. Está claro que se apoya en el precedente marcado por aquel logro extraordinario: mirar al pasado con ojos y medios descaradamente contemporáneos. Pero va más allá. Mucho más.
Las raíces imaginativas de esta pieza, de hecho, parecen no estar en el legado dominante del teatro musical, sino asentarse en una historia más antigua y, desde luego, más británica: la del teatro épico y el oratorio. En lugar de seguir el destino único —o en pareja— de uno o dos protagonistas, se nos ofrece algo mucho más sorprendente. La estructura del espectáculo es una especie de “superposición” abstracta de acontecimientos, un ensamblaje casi clásico de grandes “momentos” esencialmente autónomos y estáticos dentro de un gran relato, congelados en enunciados artísticos independientes que —en conjunto— producen un efecto profundo en el público.
Whitney White (Christabel Pankhurst) y Beverley Knight (Emmeline Pankhurst) en Sylvia. Foto: Manuel Harlan
Así, el modo de concierto, casi de bolo, del espectáculo cobra todo el sentido teatral. No solo nos empapamos de los últimos sonidos de soul, hip-hop o funk gracias a la magnífica banda de cinco músicos en escena (guitarras: Linda Burrato, Sonia Konate; bajo: Joe 'Joey' Grant; batería y líder: Mckenzie, con Adrian J Moore a los teclados), sino que además contamos con un reparto radicalmente diferente —en especial por sus orígenes étnicos— de las figuras históricas que representan. En el centro de este panteón está la diosa que es Beverley Knight. Es una estrella de indiscutible talla internacional, y tenemos la suerte de disfrutarla aquí, iluminando cada instante que canta con sonidos increíblemente hermosos; y además sabe actuar, atravesando la vida de Emmeline Pankhurst con una atención a los matices y a la sutileza de la inflexión que deja boquiabierto, todo ello expresado con una naturalidad y una facilidad desarmantes que la sitúan, como actriz y cantante, en la cima absoluta de su profesión.
Knight está rodeada por un reparto de comparable majestad musical. Genesis Lynea quizá haya tenido que abandonar el reparto como la hija, Sylvia Pankhurst —cuya relación disfuncional con su madre, Emmeline, es el corazón del espectáculo—, pero estamos de enhorabuena con su sustituta, Maria Omakinwa, que aporta un punto de vista alternativo con una pasión elegante. También está Whitney White como Christabel Pankhurst, ofreciéndonos otra mirada del mundo dentro del mismo fascinante microcosmos familiar. Y Karl Queensborough interpreta al hermano Harry Pankhurst, entre otros papeles, con un enfoque diferente una vez más. Luego, las seguidoras leales: Elliotte Williams-N'Dure es un auténtico portento de supremacía vocal en sus números como Flora “The General” Drummond: una especie de Dreamgirl al servicio de la justicia. Tachia Newall es una de las muchas intérpretes llamadas a encarnar varios roles bien delimitados.
Y hay más. La cada vez más espléndida Izuka Hoyle está aquí, continuando su imparable ascenso con una presencia escénica magnética y una desfachatez fenomenal; y reconozcamos también el arrollador trabajo de Jade Hackett como Lady Jennie Churchill: ¡basta verla adueñarse de la sala! Y está Delroy Atkinson, ataviado como Winston Churchill, que consigue ser a la vez amenazador y divertido. Vemos los paralelismos con el revisionismo de Hamilton. Todos estos intérpretes hasta ahora son de ascendencia africana o mixta, de un modo u otro, y es un reparto notable, que demuestra que el teatro musical británico recoge con entusiasmo el testigo de las modernizaciones de Lin-Manuel Miranda.
Luego están los demás intérpretes. Verity Blyth cumple con solvencia dentro del clan Pankhurst, interpretando a la hermana Adela, genuinamente de las de verdad, y Carly Bawden es una Clementine Churchill serena, de voz acerada, en otra de las fascinantes subcapas del libreto. Jay Marshall es el capitán de danza —y otra seguidora, Ada—. John Dagleish convierte a Keir Hardie en un donjuán modernísimo y de complejidad conmovedora; Todd Holdsworth es H. G. Wells y —en última instancia— la sorprendentemente cálida y cuidadosa presencia del compañero de vida de Sylvia, Silvio Corio. Ross Sands se encarga de G. B. S. y del último de los Pankhurst, Richard.
Los chicos también se unen para interpretar colectivamente a turbas villanas de policías y demás, y la puesta en escena de la paliza a la marcha de protesta de las mujeres es uno de los momentos teatrales verdaderamente devastadores de una producción repleta: se siente cada segundo, y más aún por la milagrosa destreza técnica con la que se construye a partir de varias hebras narrativas ingeniosamente trenzadas en un final emocionalmente inolvidable para la primera mitad. Escuchar la voz de Beverley elevarse por encima de las voces masivas del conjunto y del aterrador rugido y rechinar de la orquesta (en ese instante no es menos que eso) es una de las experiencias más poderosas que he vivido en un teatro.
Además, la iluminación consigue una formidable sensación de escala épica: es obra de Natasha Chivers, otro gran talento del equipo. El sonido es deslumbrantemente nítido y con cuerpo, y es el trabajo de Clement Rawling: hace que esos cinco instrumentos en escena golpeen su música como si fueran una orquesta sinfónica. Magia. Y cuando todo eso se combina con las voces sensacionales trabajando al unísono, el resultado es el puro cielo.
¿En conjunto? El espectáculo es de lo mejor que ha aparecido en muchísimo tiempo. No podemos poner estrellas a un trabajo en desarrollo, pero sí podemos deciros que estéis atentos al resultado final. Será algo para recordar siempre.
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