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NOTICIAS

RESEÑA: Vania y Sonia y Masha y Spike, Charing Cross Theatre ✭✭✭

Publicado en

20 de noviembre de 2021

Por

libbypurves

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Nuestra propia theatreCat Libby Purves reseña Vanya and Sonia and Masha and Spike, de Christopher Durang, actualmente en cartel en el Charing Cross Theatre.

Janie Dee, Charlie Maher y Paul Maloney. Foto: Marc Brenner Vanya and Sonia and Masha and Spike.

Charing Cross Theatre

3 estrellas

Hasta el 8 de enero de 2022

Reservar entradas

Vanya y Sonia son hermanos —aunque ella es adoptada— y han llevado vidas apagadas y cumplidoras en una remota casa de campo, rodeada de cerezos y un huerto, financiada por una hermana de ciudad más exitosa, Masha, que ahora llega para poner patas arriba su fin de semana y anunciarles que piensa vender la casa. Vanya, mientras tanto, está escribiendo una obra experimental que no va a ninguna parte. Sonia cree que en realidad nunca han vivido. Si te suena una situación a lo Chéjov, tienes razón y es deliberado: asfixiantemente. Y también abiertamente, ya que la pareja rural rememora la obsesión de sus padres —en el teatro comunitario— con el dramaturgo ruso.

Charlie Maher y Lukwesa Mwamba. Foto: Marc Brenner

Todo tiene un aire muy de comedia de situación de alto copete, muy esforzado, aunque se anima un poco con la llegada de Masha, que en manos de la incomparable Janie Dee está en su punto más cómicamente seguro como diva temerosa y sin tacto tras cinco matrimonios (“Soy guapa, tengo talento, encanto, éxito… ¿por qué me dejan?”). La acompaña un novio tonto, Spike (Charlie Maher), parodia de cualquier guaperas pop engreído: deseando quitarse la camiseta y correr por el patio de butacas en calzoncillos hacia un supuesto estanque. Masha va a una fiesta de disfraces, donde será Blancanieves de Disney, y a los demás los encasilla como los siete enanitos, con disfraces poco favorecedores proporcionados por ella.

Janie Dee y Michael Maloney. Foto: Marc Brenner

Solo Sonia decide ser la Reina Malvada ("tal y como la interpretaría Maggie Smith", en su lugar), se arregla, y opta por pasarse la fiesta (que transcurre en el intermedio) hablando con una voz nasal y arrastrada a lo Maggie Smith. Hasta aquí, pura sitcom. Aunque Rebecca Lacey está muy bien tanto en la imitación de Maggie como —cuando por fin la obra empieza a desarrollarse— al expresar el dolor real de sentir una vida vacía y olvidada.

A veces vas a ver una obra que ganó un premio —en este caso, un Tony—, te pasas la primera hora preguntándote cómo ha podido ocurrir, y al final el enigma queda casi resuelto gracias a una segunda mitad arrolladora.  Aquí, en particular, por un alegato final que Michael Maloney, como Vanya, suelta con con amore y tempestuoso. Nota para dramaturgos: si nos dejáis con un buen recuerdo, os perdonamos un comienzo plomizo.

El reparto de Vanya Sonya Masha and Spike. Foto: Marc Brenner

Maloney, que hasta entonces había pasado demasiado tiempo de la obra sentado en una silla de mimbre, a menudo vestido como el enanito Gruñón, se ve provocado a una magnífica diatriba contra el inmaduro memo de Spike, que está escribiendo mensajes en vez de escuchar su obra. “Me preocupa el futuro y echo de menos el pasado”, grita, anhelando la decencia cumplidora, meritoria y aburrida de una pequeña ciudad de la América de los años 50, cuando la gente lamía sellos y enviaba cartas, y todos lloraban juntos cuando disparaban al perro Old Yeller. Lo contrapone al frenesí vacío de hoy en internet, la capacidad de atención de mosquito y la pornografía al alcance de un niño pequeño. Es realmente magnífico. Habla por una generación, aunque sospechen (con el racismo y las limitaciones de 1955) que es una tontería.

Si Christopher Durang puede escribir así —y además conjurar brillantemente la escena emocional anterior entre dos mujeres, y la horrible comicidad de la obra de Vanya narrada por una molécula en el espacio—  si puede hacer todo esto, ¿por qué desperdiciar tanto de nuestro tiempo en la primera mitad, ametrallándonos con guiños cómplices a Chéjov y a la tragedia griega y con aleatoriedades de iniciados para teatreros?  Cuando un personaje menciona a Pirandello, algunos echamos mano de un bolígrafo con rabia. ¿Y por qué, encima, introducir a una limpiadora semigraciosa llamada Cassandra que —aunque Sara Powell la interpreta con aplomo— suelta una y otra vez profecías de desgracia inútiles y pretenciosas solo para justificar su nombre? En la segunda mitad, esta criada demuestra tener poderes sobrenaturales durante unos minutos, y yo estaba tan cansada de referencias teatral-literarias que pensé de inmediato: “ah, Blithe Spirit”.  Así de tocado puede dejarte el exceso de autorreferencialidad en el teatro.

Pero no me arrepentí de ir, y este teatro suele ser de lo mejor en relación calidad-precio del West End (junto con el querido Jermyn),  y nunca es perder el tiempo ver a Dee, Maloney y Lacey.

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