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RESEÑA: El Cantante de Bodas, Teatro Troubadour, Wembley Park✭✭✭✭
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julianeaves
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Julian Eaves reseña a Kevin Clifton en The Wedding Singer, ahora en cartel en el Troubadour Theatre de Wembley Park
Kevin Clifton y Rhiannon Chesterman. Foto: The Other Richard
The Wedding Singer Troubadour Theatre, Wembley Park,
4 de febrero de 2020
4 estrellas
Como subgénero de la comedia romántica, la historia del “inadaptado de la boda” es un terreno más que trillado. El personaje principal es alguien que desempeña un papel crucial, previsible y por lo general exitoso ayudando a otras personas a alcanzar la felicidad conyugal; pero, de forma decisiva, cuando está en juego su propia felicidad emocional, lo estropea, y tiene que replantearse su manera de ver la vida, reevaluar y redibujar sus relaciones, y volver a encarrilar su existencia para alcanzar su propia “perfección matrimonial”. Fácil. En el teatro musical, sus orígenes pueden rastrearse —como mínimo— hasta el trascendental Hello, Dolly! (1964), un espectáculo que celebra una partitura superlativa y un libreto brillante de nada menos que el genio Thornton Wilder. Sin embargo, aunque la fórmula goza de un indudable tirón popular, el problema que plantea su mera familiaridad es: ¿cómo se consigue un enfoque fresco y original?
Kevin Clifton en The Wedding Singer. Foto: The Other Richard
En este caso, el giro ganador parece venir de sus creadores, Adam Sandler y Tim Herlihy, que forjaron su gusto por los monólogos de stand-up y la sátira de actualidad (la más efímera de las artes), con raíces en el programa estadounidense de éxito Saturday Night Live, antes de convertirlo en la popular película homónima de los años noventa. Herlihy se mantuvo como autor del libreto en la versión musical estrenada una década más tarde, incorporando sus canciones originales y muchas nuevas del compositor Matthew Sklar y del letrista y coguionista Chad Beguelin. Gran parte del atractivo del espectáculo está en descubrir cuánto del humor irreverente, casi juvenil, de SNL impregna los pensamientos y las palabras de los personajes. Sin embargo, al igual que los burlesques y parodias de usar y tirar que son el pan de cada día de ese tipo de trabajo, aquí las bromas —aunque a menudo desternillantes— dejan poco poso: desaparecen tan rápido como llegan y —ay— no siempre son cimientos suficientemente sólidos para un teatro memorable.
Sandra Dickinson. Foto: The Other Richard
Es una pena, porque me gustó mucho ver este espectáculo. Aun así, una colección deslavazada de “gags” no sustituye a la “caracterización” ni a una trama verosímil. Así que el montaje tiene que sostenerse o venirse abajo por sus virtudes vaudevillescas. Bueno, sí y no. No conformes con darnos mucho de lo que reírnos, los autores también quieren que nos importen sus personajes y lo que les sucede. Para acercarnos a ellos, su salvación está en las baladas emotivas —de las que hay muchas—, servidas como antídoto a los excesos disparatados de la historia.
Kevin Clifton y Rhiannon Chesterman. Foto: The Other Richard
Para que todo esto encaje, el director y coreógrafo Nick Winston lo da todo en esta producción: es un director flexible y económico, y un brillante arquitecto de números de baile “de lucimiento”, presentados muy “al frente” como números de variedades. Las canciones —casi dos docenas— son prácticamente pastiches o parodias de éxitos de los ochenta, y cuando tiran de fuerzas mayores adquieren una entrega adecuadamente “plana”, con aire de videoclip pop: Winston está en su mejor momento con estos conjuntos, llenándolos de detalles extraordinariamente inesperados y llamativos. Su compañía, de 18 intérpretes, disfruta a lo grande de estos pasajes, y Erin Bell, en particular, destaca como una de las grandes bazas del espectáculo.
En los papeles principales, Kevin Clifton, como el personaje titular, Robbie Hart, es un rostro popular y afable, pero vive siempre a la sombra de su contraparte, de voz cristalina y brillante vis cómica: Rhiannan Chesterman, en el peculiar rol de “¿sí o no?” de Julia Sullivan. Para ella, esta producción es un triunfo, porque es quien más puede permanecer “en personaje” y quien menos sufre las grotescas gamberradas que se exigen a casi todo el mundo. Por otro lado, Jonny Fines, como el villano de cartón piedra Glen Gulia, también consigue un personaje completamente coherente y fiable, y se anota un gran éxito personal: pasar de aquí a, pongamos, Patrick Bateman en American Psycho no le supondría —da la impresión— la menor dificultad: tiene uno de los mejores cuerpos sobre el escenario, y lo explota al máximo para que entendamos su atractivo —temporalmente— hipnótico para Sullivan… y Hart.
Andrew Carthy (George), Kevin Clifton (Robbie) y Ashley Emerson (Sammy). Foto: The Other Richard
Da gusto descubrir corrientes tan oscuras bajo el brillo del glamour ochentero, y es uno de los grandes puntos a favor de esta producción. Demos también tres hurras al fulgurante trabajo de Sandra Dickinson como la abuela radical, Rosie, que está en plena forma, igual que Tara Verloop, estupenda como la mejor amiga, Holly. Y hay mucho más: Winston ha ayudado a su reparto, magníficamente aprovechado, a alcanzar las mejores encarnaciones posibles de esta pandilla de tipos chiflados. Con la escenografía multiforme y el espléndido vestuario de Francis O'Connor, iluminados con ingenio por Ben Cracknell con millones de cambios desde una parrilla bastante sencilla, y una banda aporreando unas nuevas orquestaciones llenas de brío del director musical George Dyer (supervisión de Sarah Travis), con una amplificación generosa gracias al diseño de sonido de Ben Harrison, el resultado es un producto de primera, perfecto para apuntarlo en el calendario de cualquiera que busque diversión durante el próximo mes.
¿Y hacia dónde se dirigirá tras su breve temporada programada en este nuevo recinto? Habrá que esperar y ver. Puede que DLAP Entertainment lleve su producción a cualquier parte después… dondequiera que repiquen las campanas de boda y los corazones se enamoren.
The Wedding Singer estará en el Troubadour Wembley hasta el 1 de marzo de 2020.
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