NOTICIAS
RESEÑA: Las sutilezas, Teatro Finborough ✭✭
Publicado en
Por
julianeaves
Share
Julian Eaves critica The Niceties, de Eleanor Burgess, actualmente en cartel en el Finborough Theatre, Londres.
Janie Dee y Moronke Akinola en The Niceties. Foto: Ali Wright The Niceties Finborough Theatre
3 de octubre de 2019
2 estrellas
Comprar entradas
Como fascinante ejercicio técnico para ver a una actriz maravillosa y muy curtida y a una debutante con bastante proyección en el oficio dejándose la piel para intentar darle sentido humano a un texto problemático, esto tiene cierto interés y quizá algún atractivo. Como obra que se sostenga por sí misma, en cambio, se ciernen sobre ella muchísimas —muchísimas— incógnitas bastante más preocupantes.
La autora, Eleanor Burgess, la produjo en asociación con varias instituciones académicas estadounidenses de primer nivel, y tiene todas las señas de identidad de un entretenimiento sofisticado para la SCR: repleto de procedimientos y jerga del mundo universitario, presenta retratos bastante estándar de tipos reconocibles —«Janine Bosko. Mujer, blanca, a principios de los 60. Profesora universitaria» y «Zoe Reed. Mujer, negra, 20. Estudiante universitaria»—, que atraviesan genuflexiones igualmente previsibles sobre la relación tutora-alumna y sobre las relaciones raciales negro-blanco en EE. UU.: ocurre todo lo que esperas que ocurra, y se dice todo lo que esperarías que se dijera. Burgess tiene una lista larguísima de teatros con los que afirma haber «trabajado», pero, curiosamente, su biografía en el programa no especifica qué hizo en ellos. A juzgar por este intento, no me queda claro que haya escrito muchas obras. De hecho, cuanto más tiempo pasaba con este texto, más me venía a la cabeza la respuesta de Garry Essendine al joven dramaturgo en Present Laughter: «Para empezar, tu obra no es una obra en absoluto. Es un batiburrillo sin sentido de tonterías adolescentes, seudointelectuales. No guarda relación alguna con el teatro, ni con la vida, ni con nada». Puede parecer innecesariamente cruel, pero cada vez que esta obra empieza a acercarse al mundo real, vuelve a desviarse hacia un universo extraño poblado por las ideas de Burgess sobre cómo sienten, piensan y se comportan las personas, y poco más.
Moronke Akinola. Foto: Ali Wright
En apariencia, asistimos a una tutoría a última hora de la tarde entre la profesora de Literatura Inglesa Bosko, veterana y espabilada (Janie Dee, en estado de gracia, con un repertorio de gestos y maneras impecables forjado a lo largo de toda una carrera), y la estudiante Reed, tensa, lacónica e incómoda (Moronke Akinola, en su debut profesional, constreñida durante buena parte de la obra por la dirección escénica, pero que por fin se suelta para mostrar verdadera viveza en los compases finales del primer acto). La puesta en escena de Rachel Stone —y sin duda con el visto bueno del director Matthew Iliffe— representa con pulcritud y eficacia un despacho académico elegante, con un sólido escritorio de roble y una pizca de imágenes inspiradoras en la pared. Un planteamiento así lleva al público a esperar que la obra tome un rumbo bastante realista, en el que los acontecimientos surjan de causas definidas y produzcan efectos lógicos y coherentes. Y ahí, ay, es donde texto y diseño empiezan a separarse casi desde el primer latido. A Bosko se la presenta primero como una tiquismiquis: «Aquí te falta una coma», y luego recorre un catálogo de poses académicas de manual (juegos de vocabulario, condescendencia hacia su alumna y un tedioso repaso al viejo chiste de «peccavi» —«He Sindh»—). Es un plomo sin sentido del humor. Eso sí, Dee despliega todas sus armas para que parezca cualquier cosa menos eso. Pero el parloteo de la tutora no afloja: ¿o es que Burgess intenta «señalar» la mala calidad docente de las supuestas universidades «de élite»? ¿Ese es su objetivo?
Janie Dee. Foto: Ali Wright
Bueno, podría ser también: no le faltan dianas. Y la función de estas dos actrices es servir de altavoces para ellas, nada más. Por un lado, arremete contra las suposiciones liberales y de clase media blanca, y luego ridiculiza el punto de vista afroamericano con una caricatura que parece basada en Angela Davis y en una versión hiper-mohína de los revisionistas históricos contemporáneos. Y, aun así, es benévola y no permite que ninguna lleve la delantera demasiado tiempo. Pero, aunque eso pueda resultar educado y encantador a nivel personal, genera un extraño vaivén en la dirección dramática. El discurso se sitúa en el lado más árido de lo «shaviano», sin contar con la bendición del talento de Shaw para la caracterización y la comedia. Aquí manda la validación, no el drama. Ahora bien, si eso es lo que buscas en dos horas en el teatro, adelante. Puede que te encante este montaje.
O, por el contrario, puede que veas en ella, como yo, otra disputa bastante irritante entre dos mujeres... por un hombre. El caballero en cuestión no aparece en escena, pero su retrato preside la pared: George Washington. Se habla mucho de que fue propietario de esclavos y de cómo eso forma parte tanto del «mito fundacional» de la nación como la Carta de Derechos, la Constitución o la Declaración de Independencia: todo ello obra de hombres blancos, despreciados, que oprimieron a los africanos. Son temas enormes y merecen explorarse en el teatro, pero ¿tienen que abordarse de esta manera? ¿No hay por ahí mejores escritores capaces de crear personajes verosímiles (si es que van a presentarse en entornos verosímiles) y situaciones creíbles? ¿Por qué una estudiante tiene que pasarse dos horas remando sobre esto con una tutora en su despacho? ¿No ocurre nada más en sus vidas? Pues sí: de vez en cuando aluden a sucesos que están pasando en otra parte, periféricos a la conversación, pero nada que dé una forma o un propósito claros e inequívocos a (a) sus encuentros y (b) su contenido y su forma.
Si Burgess quiere abrirse camino en el teatro, quizá no le vendría mal atender al consejo de Essendine: «Aprende desde la base cómo se construyen las obras y qué se puede representar y qué no». Mejor aún: podría subirse ella misma a ese escenario y ver si consigue sacarle algún sentido a lo que ha escrito. Yo no puedo.
WEB DEL FINBOROUGH THEATRE
Suscríbete a nuestra lista de correo
Recibe lo mejor del teatro británico directamente en tu bandeja de entrada
Sé el primero en conseguir las mejores entradas, ofertas exclusivas y las últimas noticias del West End.
Puedes darte de baja en cualquier momento. Política de privacidad