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RESEÑA: Ghost Quartet, Boulevard Theatre Londres ✭✭✭✭✭
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julianeaves
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Julian Eaves reseña Ghost Quartet, de Dave Malloy, la producción inaugural del nuevo Boulevard Theatre de Londres, en Soho.
Maimuna Memon y Niccolo Currandi en Ghost Quartet. Foto: Marc Brenner Ghost Quartet
Boulevard Theatre,
31 de octubre de 2019
5 estrellas
De vez en cuando aparece un espectáculo que es sencillamente perfecto, y este es uno de ellos. Resulta aún más placentero por ser la producción de estreno de un teatro totalmente nuevo que, además, es un espacio perfecto. La combinación de obra y sala seguro que será enormemente popular durante la temporada inaugural del magnífico nuevo proyecto del West End de su fundadora, Fawn James, y es un arranque brillante para la primera temporada de Rachel Edwards como directora artística. El nuevo edificio, obra de SODA, y el interior, en un azul carbón, permiten al menos 8 configuraciones diferentes, que pueden cambiarse varias veces al día, como pronto descubrirán los visitantes habituales de este lugar: también acoge eventos diurnos y citas nocturnas de música y spoken word. Y todo, me apresuro a añadir, a precios muy razonables.
La pieza elegida para inaugurar este íntimo recinto de 165 butacas, de altas prestaciones, es el exquisito «ciclo de canciones» de Dave Malloy para cuatro intérpretes-músicos (con algunas incorporaciones sorpresa). Hay ocasiones en las que una partitura de musical parece no ser más que una colección aleatoria de canciones; pues bien, aquí estamos ante una colección de canciones que constituye una «partitura» perfectamente armónica en el sentido pleno de la palabra. Y el director musical, Benjamin Cox (tan curtido en ópera como en teatro musical), ha preparado y guiado al reparto para que viva y respire la perfección de cada instante, superbamente integrado. En cuanto al resto de la puesta en escena, el director Bill Buckhurst se ha apartado todo lo posible del camino de este equipo de primera, concediéndoles autonomía absoluta en esta joya de teatro en arena.
Zubin Varla y Maimuna Memon en Ghost Quartet. Foto: Marc Brenner
El equipo creativo de Buckhurst resultará familiar a los fans de su «Sweeney Todd en la tienda de pasteles», y aquí son tan eficaces como lo fueron en Tooting, en el West End y en Broadway. El diseñador Simon Kenny ha dispuesto una serie de fascinantes «pistas» sobre el espectáculo y lo que podría «significar» entre la parafernalia que ha reunido alrededor de los instrumentos musicales en el pequeño escenario. Así, mientras la sala recuerda a un local nocturno moderno de los años sesenta, dispuesta alrededor —abajo y en altura— con acogedores sillones y taburetes a medida de Race Furniture, el espacio escénico guiña el ojo a «Las mil y una noches», «Ulises» y otros hitos emblemáticos de la cultura occidental: más aún, aparecen cajones repletos de whisky(s) escocés, irlandés y estadounidense, que se sirven a los afortunados entre el público a lo largo de la función, mientras un ingenioso «brindisi» nos anima a apurarlo junto a sus «cuatro amigos».
De hecho, cuanto más tiempo pasas con estas canciones bellamente escritas, construidas de forma inagotablemente sorprendente, entrelazadas con astutas interrelaciones y resonando con ecos unas de otras de maneras intrigantes, menos encuentras un único relato y más te ves arrastrado a un «estado pensativo o reflexivo», absorbido por su caleidoscopio de tonos y sensaciones. Luego, aproximadamente a la hora de función, caí en la cuenta —en una noche en la que el Evening Standard clamaba que Boris Johnson aventajaba por un montón de puntos en la campaña electoral— de que este es probablemente el último lugar del mundo donde uno esperaría encontrar a alguien así: él, y los suyos, quizá no descubran que tengan mucho en común con esta cálida, generosa, estéticamente sublime y moralmente permisiva andanada. Concebida en el momento del ascenso de Trump en Estados Unidos, es difícil no ver en ella una vehemente declaración de valores pluralistas, compasivos y liberales; en otras palabras, todo aquello con lo que alguien como Trump (y eso —¿no es así?— es precisamente lo que Johnson intenta ser) tendría poco en común.
Así, este teatro se convierte en un lugar para escapar —por el momento— de todo lo feo, lo desalmado y lo hiriente de nuestra Inglaterra contemporánea y menguante. Nos conducen a este territorio especial cuatro intérpretes cuyo logro es —en última instancia— hacer que el público no solo beba de su mano, sino que también toque su canción. Niccolo Curradi, un rostro conocido en el terreno del «cuádruple amenaza», inicia la marcha hacia este paisaje milagroso con su cálido barítono, el violonchelo alzado en sus musculosos brazos; le sigue la mezzo Maimuna Memon, que —una vez más— deslumbra con su voz fabulosamente clara y de gran cuerpo (el diseño de sonido de David Gregory es impecable, y sin duda se ve muy favorecido por la tecnología puntera de este recinto de recintos), así como por su dominio dramático del escenario; después Zubin Varla aporta al teclado su tenor autoritario y shakespeariano, donde se muestra tan a gusto con Thelonious Monk (uno de los ídolos más venerados de Malloy) como con el resto de esta partitura exquisitamente variada; y, por último, Carly Bawden corona el cuarteto con sus agudos, con su soprano nacarada, que por momentos recuerda —como, en efecto, también lo hace la escritura— a las cualidades diáfanas de Joni Mitchell o de su homónima (?) Carly Simon.
Tras una hora y media, en la que el tiempo parece detenerse, nos encontramos suspendidos en una especie de paisaje musical de «gótico sureño y norteño», donde figuras semimíticas entran y salen de nuestra vista, deteniéndonos por un instante con revelaciones francas de sus vidas privadas y deseos ocultos, deleitándonos con analogías histriónicas y confesiones oscuras, a lo Twin Peaks. No vi ningún CD del espectáculo a la venta en el vestíbulo al salir, pero vuelvo mañana para ver si puedo averiguar dónde conseguir uno. Y para experimentar de nuevo el mundo mágico que es esta adorable e inestimable experiencia de cielo, instalada temporalmente en Soho por poco más que el precio de una ronda de bebidas.
Hasta el 4 de enero de 2020.
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