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RESEÑA: Un marido ideal, Vaudeville Theatre ✭✭✭✭✭
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julianeaves
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Julian Eaves reseña Un marido ideal de Oscar Wilde, actualmente en cartel en el Vaudeville Theatre.
El elenco de Un marido ideal. Foto: Marc Brenner Un marido ideal Vaudeville Theatre, 3 de mayo de 2018 5 estrellas Comprar entradas Hay quien se queja de que en el teatro se reparten demasiadas ovaciones en pie. Pues bien, al final de la noche de prensa de esta nueva producción de la comedia dramática —o comedia seria— de Oscar Wilde, no alcanzo a entender por qué no hubo una. El espectáculo se la gana con creces. Freddie Fox (Lord Goring) y Edward Fox (Lord Caversham) en Un marido ideal. Foto: Marc Brenner Un avispado conocedor me dijo: «Lo único que necesitas para hacer esta obra es contar con siete de los mejores actores del país». Y eso es, precisamente, lo que tenemos. Edward Fox (provocando una hilaridad desatada gracias a la perfección de su sentido del ritmo) puede encabezar el reparto, pero es su vástago, Freddie, a quien en realidad estamos viendo llevar las riendas. El Fox hijo interpreta a Lord Goring, un autorretrato bastante fiel de Wilde, como si hubiera nacido para ello (y quizá así sea); su energía arrolladora impulsa el ingenio intelectual y la alegría de la pieza, mientras sus movimientos serpenteantes dibujan arabescos alrededor de los demás, atrapados en sus rígidos tableaux al estilo de Lord Leighton. Tiene una voz de ensueño: capaz del bramido penetrante de una corneta o de la serenata en pianissimo, flotante, de un violín. Sin embargo, es el outsider que está ahí para arreglar los problemas de los demás. Su adversaria es la aventurera de Frances Barber, magníficamente perfilada: Mrs Cheveley, una mujer que empieza atrapada en una elaborada alta costura diseñada para desviar la atención del marchitamiento de sus encantos (vestuario cortesía del soberbio diseñador Simon Higlett), pero que enseguida evoluciona hacia una combatiente que pasea, sisea y pelea, dispuesta a entregarse al chantaje y a la siembra del escándalo para conseguir lo que quiere. Los tres primeros actos de la obra son, esencialmente, su historia, y esta producción celestial de Jonathan Church defiende con valentía que los coloquemos en la misma liga que las mejores creaciones dramáticas de Wilde. Nathaniel Parker (Lord Chiltern) y Frences Barber (Mrs Cheveley) en Un marido ideal. Foto: Marc Brenner Ojalá el autor hubiera tenido el acierto de mantener ese foco en el cuarto acto. De manera decepcionante, en la escena final nos arrebatan todo ese impulso: Mrs Cheveley es desterrada del escenario y la obra deja que su idea principal se le escurra entre los dedos con descuido. Pero, ¿a quién le importa? Hasta ese momento hemos disfrutado de más de dos horas en compañía de un choque verdaderamente espléndido de titanes teatrales, con Barber convirtiendo a su Cheveley en el personaje, con diferencia, más complejo y fascinante de cuantos se exhiben. Muy cerca, en un reñidísimo segundo puesto, está la sorprendente lectura de Susan Hampshire de Lady Markby: una criatura en apariencia anodina que, en manos de esta artesana maestra del teatro, se convierte en un retrato perfectamente dibujado de una gran dama de la alta sociedad cuyo exterior apacible no logra ocultar en absoluto los instintos firmes y afilados que hay debajo. No en vano, creo, fue la única que se llevó una ovación de salida tras su discurso de lucimiento en el que, de la forma más exquisitamente educada posible, hace trizas a Cheveley. Susan Hampshire (Lady Markby) y Sally Bretton (Lady Chiltern) en Un marido ideal. Foto: Marc Brenner Como objetivo de las intrigas de Cheveley, sin embargo, Nathaniel Parker juega un partido completamente propio. Arranca como un perfecto don nadie, un político engreído y superficial, pero su paso por la trituradora del chantaje resulta completamente transformador: el sufrimiento le permite desprenderse de su vieja cáscara de escayola y adquirir los contornos vivos y respirantes de un hombre de verdad. ¡Ojalá pudiera decirse lo mismo de su esposa! La maldición del papel de Lady Chiltern es que, una vez ahuyentado el alijo de joyas del emporio Cheveley, lo único que queda coronando la velada es la delicada tiara de su bondad. Todo el público sabe que es un mal trato, incluso cuando Sally Bretton hace todo lo posible por hacernos creer que su escena final, tan a lo Congreve, con su marido es de lo que realmente va la obra. Freddie Fox (Lord Goring) y Faith Omole (Mabel Chiltern) en Un marido ideal. Foto: Marc Brenner Por supuesto que no. Me pregunto si Faith Omole, como Mabel Chiltern (a quien se nos pide imaginar como la enamorada de Lord G), tampoco lo duda. Da la impresión de disfrutar mucho más del forcejeo que de ganar el premio. Rebecca Charles (Lady Basildon) y Joanna van Kampen (Lady Marchmont) en Un marido ideal. Foto: Marc Brenner Alrededor de estas encantadoras figuras, también podemos admirar a Rebecca Charles como la condesa de Basildon y a Joanna van Kampen como su compañera en las apariciones sociales, Mrs Marchmont. Tameka Mortimer cumple con solvencia como la duquesa de Maryborough, Sam Parks se tambalea por escena como el vizconde de Nanjac y Michael Peters compone un pulcro Mr Montford. Y luego están los criados: Sam Archer como Mason, Sam Barrett como James, Tim Wallers como Phipps y Samuel Martin como Harold (y un violinista muy capaz, que enlaza los actos con la bonita suite de salón de Jason Carr). Es un escenario hermosamente poblado, un placer para la vista y llevado con pericia. La narración central de corrupción en las altas esferas podría haberse escrito ayer, y las contorsiones de la gente para (a) sacar tajada de ello o (b) hacer todo lo posible por silenciarlo, también podrían haberse escrito ayer. No parece que haya cambiado gran cosa.
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